Editorial: «VIENTOS DE CORRUPCIÓN»

La corrupción marcó el final de las presidencias de Felipe González y de Mariano Rajoy. En el primer caso fue un proceso largo y de desgaste, el segundo abrupto y rápido por medio del triunfo de una moción de censura.

El actual presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se encuentra asediado por un rosario de corrupciones y corruptelas que alcanzan a su propia familia y llegan hasta al colchón en el que duerme -ese que cita en su obra. Asuntos como: Koldo/ Abalos / compra de mascarillas en Canarias, Baleares…; tráfico de influencias de Begoña, su mujer, que sin estar graduada ocupa una cátedra UCM; un programa de software que costó un dineral para la citada cátedra y que no aparece; el hermano enchufado que no sabe ni dónde está su despacho; Aldama y su licencia de operador de hidrocarburos en solo dos meses; Aldama y sus gestiones en Hacienda; el dinero entregado en la sede del PSOE en la calle Ferraz, el regalo al PNV de un palacio en París, la compra de votos con un amnistía dudosamente constitucional… y, como no, las revelaciones del Fiscal General del Estado para perjudicar a una rival política del presidente, entre otras tramas que conozcamos. Todos estos asuntos aún no han sido contabilizados en el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) 2024 de Transparencia Internacional en donde España en un año ha bajado su puntuación de 60 a 56 puntos y descendido 10 puestos en el ranking. En la lista de los países de la Unión Europea, ya estamos en la parte baja (número 14 de los 27 países). Las razones son muchas, entre otras la no implementación de la Ley 2/23 de protección de las personas que informen sobre infracciones normativas y de lucha contra la corrupción -se sigue esperando a la prevista Autoridad Independiente-; el retraso en la transposición de 87 Directivas de la UE -de las que 30 están fuera de plazo. En general, pese a las campañas y manifestaciones de que todo marcha bien, todo marcha peor.

Por ello, lo lógico y normal es que, en el informe del próximo año España siga cayendo en dicho Índice, en el pozo de la corrupción. Es difícil determinar si la corrupción es el resultado del poder o, si la corrupción ha servido para llegar el poder. Es lo mismo.

Aferrarse al poder como sea, es la consigna de este gobierno. La acción política emplea normas “ómnibus” en donde se mezclan “churras con merinas”, algo que repugna a la racionalidad y la decencia política. Si hay que liberar a asesinos condenados por terrorismo, se hace de forma silente, hasta que reciben los recibimientos apologéticos de las huestes de ETA. Si se ceden competencias sobre las fronteras -algo muy exclusivo del Estado-, se hace. Si la mentira y la manipulación es signo distintivo de la acción política gubernamental, se sigue acusando a los otros de mentir -algo que recuerda lo de la viga en el propio ojo.

Una corrupción que no solo es económica, pues se cuela hasta el espíritu de los ciudadanos y de la nación. Si el egoísmo propio de la corrupción alcanza el espíritu del pueblo español, éste se fragmentará. Los vientos de la corrupción barrerán la concordia y el consenso de la Transición Política y traerán el sectarismo, el enfrentamiento permanente y la división propia de la II República. Un camino hacia el desastre.