Precursores y protagonistas de la Transición

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Precursores y protagonistas de la Transición

El pasado 1 de febrero se presentó en la Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla el libro «Tácito. Precursores y protagonistas de la Transición». Moderados por Pablo González-Pola, intervinieron en el acto José Manuel Otero Novas, presidente del Instituto de Estudios de Estudios de la Democracia y ex ministro de la Presidencia y de Educación, José Alberto Parejo, rector promotor de la Universidad CEU Fernando III, Rafael Leña, notario y miembro del grupo Tácito y Guillermo Medina ex diputado de UCD y miembro del grupo Tácito.
En todas las intervenciones se destacó la trascendencia de los artículos publicados por los tácitos en el tardofranquismo y la conveniencia de que los valores de consenso que caracterizaron aquel episodio de la historia política española estuvieran vigentes en el actual momento que vivimos en España.
José Manuel Otero expuso la influencia que tuvieron los tácitos en los sucesivos gobiernos del presidente Suárez y como evitaron los errores que cometieron los dirigentes de la II república, sonetiendo a votación, del puebo español, la Ley de la Reforma Política y la Constitución.

UNA ECOLOGÍA DEL HOMBRE

En momentos en los que todos nos preguntamos cuáles son los límites y los fundamentos del Estado democrático de Derecho, existe un faro de luz potente que ilumina la cuestión. Nos referimos al discurso que pronunció su Santidad el Papa Benedicto XVI ante el Pleno del Parlamento alemán el 22 de septiembre de 2011.

Los discursos del Papa Benedicto no son escritos o documentos de magisterio, como sus tres grandes Encíclicas, sino textos que, aunque escritos de propia mano, estaban destinados a ser pronunciados por el Papa como orador ante un público en una ocasión concreta.

Son señeros los que pronunció ante los representantes de todo el pueblo británico en el Westminster Hall de Londres el 17 de diciembre de 2010, el de 12 de septiembre de 2008, en su viaje apostólico a Francia ante el mundo de la cultura («Collège des Bernardins» de París) y el de 22 de septiembre de 2011 en el  palacio del Reichstag de Berlín, ante el Parlamento alemán en Pleno durante su visita pastoral a la Alemania reunificada de principios de este siglo.

El Papa señala en la introducción de cada discurso el porqué de la elección de cada tema y el alcance de su palabra, y, aunque tienen una duración breve, la profundidad de esa palabra les ha dado una dimensión histórica, suscitan debates filosóficos y académicos y han trascendido la ocasión y el tiempo en que se pronunciaron, como un legado insigne de su Pontificado.

En el discurso del palacio del Reichstag de Berlín, el presidente del Bundestag recordó en su presentación que era la primera vez en la Historia que un Papa hablaba ante el Pleno del Parlamento alemán.

El Papa subrayó en la introducción que no hablaba por sus orígenes personales, que sentía vinculados de por vida a su Patria alemana, sino porque la invitación a hablar le había llegado porque se le reconocía su condición de Papa, de Obispo de Roma que ostenta la suprema responsabilidad para toda la cristiandad católica, así como la responsabilidad internacional que corresponde a la Santa Sede en la Comunidad internacional de los Pueblos y de los Estados.

Desde esa responsabilidad internacional, dijo, iba a proponer algunas consideraciones sobre los fundamentos del Estado liberal de derecho.

Benedicto XVI inició su discurso con un relato tomado de la Sagrada Escritura.

En el primer Libro de los Reyes, se dice que Dios concedió al joven rey Salomón formular una petición con ocasión de su entronización. ¿Qué pedirá el joven soberano en este momento tan importante? —se pregunta el Papa— ¿Éxito, riqueza, una larga vida, la eliminación de sus enemigos? No pide nada de todo eso. En cambio, suplica: «Concede a tu siervo un corazón que escuche («ein hörendes Herz»), para que sepa juzgar a tu pueblo y distinguir entre el bien y mal» (1 R 3,9).

Esto es para el Papa lo importante para un político: Su criterio último, no debe ser el éxito y mucho menos el beneficio material. La política debe ser un compromiso por la justicia, que es lo que permite crear las condiciones básicas para la paz.

El éxito, que sin duda busca todo político, está subordinado al criterio de la justicia, a la voluntad de aplicar el derecho y a la comprensión del derecho. El éxito puede ser también una seducción y, de esta forma, abre la puerta a la desvirtuación del derecho, a la destrucción de la justicia. «Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?», dijo en cierta ocasión San Agustín.

En Alemania la experiencia del nacionalsocialismo    muestra que esas palabras no son una quimera. Con el nazismo el poder se separó del derecho, lo pisoteó y convirtió al Estado en el instrumento para la destrucción del derecho. El Estado se transformó en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada, que podía amenazar el mundo entero y llevarlo hasta el borde del abismo. Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental de un político.

Pero vivimos, dijo el Papa, en un momento en el cual el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable, por lo que identificar el deber del político se convierte en algo particularmente urgente.

El hombre tiene la capacidad de destruir el mundo. Se puede manipular a sí mismo. Puede, por decirlo así, hacer seres humanos y privar de su humanidad a otros seres humanos. ¿Cómo podemos reconocer lo que es justo? ¿Cómo podemos distinguir entre el bien y el mal, entre el derecho verdadero y lo que es «no-derecho», el derecho sólo aparente porque aparece revestido de una cobertura formal?

La petición salomónica sigue siendo, concluye el Sumo Pontífice, la cuestión decisiva ante la que se encuentra también hoy el político y la política misma.

La respuesta europea ha consistido en un dominio absoluto del positivismo jurídico. Reconoce el Papa que la visión positivista del mundo, que alcanza su cima en Hans Kelsen, es en su conjunto una parte grandiosa del conocimiento humano y de la capacidad humana, a la cual en modo alguno se debe renunciar. Pero afirma que la separación tajante que postula entre el mundo del ser y el mundo del deber ser en el que se ubica el derecho— hace que el positivismo no sea una cultura suficiente en su totalidad.

En las cuestiones fundamentales del derecho, cuando está en juego la dignidad del hombre y de la humanidad, el principio de la mayoría no basta para crear el Derecho: en el proceso de formación del derecho, una persona responsable debe buscar siempre cuáles son los criterios de su orientación.

Si la razón positivista se presenta a sí misma de modo excluyente, se parece, dice el Papa Benedicto, a grandes edificios de cemento armado sin ventanas, en los que logramos el clima y la luz por nosotros mismos, sin querer recibir ya ambas cosas del gran mundo de Dios. Y, sin embargo, no podemos negar que en ese mundo autoconstruido se recurre en secreto igualmente a los «recursos» de Dios, que transformamos en productos nuestros.

Donde la razón positivista es considerada como la única cultura suficiente, relegando todas las demás realidades culturales a la condición de subculturas, ésta reduce al hombre, más todavía, y amenaza su humanidad. Lo afirma el Papa especialmente mirando a Europa, donde en muchos ambientes se trata de reconocer solamente el positivismo como cultura común o como fundamento común para la formación del derecho, reduciendo todas las demás convicciones y valores de nuestra cultura al nivel de subcultura. Con esto, Europa se sitúa ante otras culturas del mundo en una condición de falta de cultura, y se suscitan al mismo tiempo corrientes extremistas y radicales.

Por ello es necesario -dice- volver a abrir ventanas en el edificio ciego del positivismo, para ver de nuevo la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar de todo esto de modo justo.

En las decisiones de un político democrático no es tan evidente la cuestión sobre lo que ahora corresponde a la ley de la verdad, lo que es verdaderamente justo y puede transformarse en ley. Hoy no es de modo alguno evidente de por sí lo que es justo respecto a las cuestiones antropológicas fundamentales y que pueda convertirse por ello en derecho vigente

¿Cómo se reconoce lo que es justo? ¿Cómo puede la naturaleza aparecer nuevamente en su profundidad, con sus exigencias y con sus indicaciones?

Dice el Papa Benedicto que, a diferencia de otras grandes religiones, el cristianismo no ha impuesto nunca al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación; se ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho y se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios.

Benedicto XVI acude a un fenómeno de la historia política reciente. En la aparición del movimiento ecologista en la política alemana a partir de los años setenta, la gente joven lanzó el grito de que se abrieran las ventanas. Fue un grito que anhelaba aire fresco, un grito que no se puede ignorar ni rechazar porque se perciba en él demasiada irracionalidad. La juventud se dio cuenta que en nuestras relaciones con la naturaleza existía algo que no funcionaba; que la materia no es solamente un material para nuestro uso, sino que la tierra tiene en sí misma su dignidad y nosotros debemos seguir sus indicaciones. Es evidente que el Papa no hace con esta reflexión —y así lo advierte—propaganda de un determinado partido político pero cuando en nuestra relación con la realidad hay algo que no funciona, entonces, dice, debemos reflexionar todos seriamente sobre el conjunto, y todos estamos invitados a volver sobre la cuestión de los fundamentos de nuestra propia cultura.

La importancia de la ecología es hoy algo indiscutible. Debemos escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente. Pero Benedicto XVI afirma que hay también una ecología del hombre.

También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana.

Peter Häberle ha visto con profundidad que las Constituciones rígidas de los Estados democráticos europeos son una especie de Derecho natural codificado. En defensa de esas Constituciones se han creado, además, Tribunales Constitucionales que defienden sus postulados, pero ¿qué ocurre si se llegan a politizar y se emplean para pervertir la Constitución misma, incluso con su ayuda?

El ecologismo ha logrado convencernos de que la realidad de la naturaleza responde a leyes de supervivencia y de buena conservación, ¿no había que afirmarlo con mayor razón del hombre y de la realidad humana?

También el hombre tiene una naturaleza que se ha de respetar. El hombre no se hace a sí mismo.  Su voluntad es recta cuando atiende a la naturaleza, la oye y la acepta y cuando se acepta como quien es y no como quien se ha hecho a sí mismo

Las sabias palabras del Papa adquieren un nuevo significado cuando nos asombran las leyes «woke», que se copian en España cuando ya han manifestado su fuerza destructora y de perversión en los Países que primero las crearon. Son leyes que niegan la naturaleza del hombre y que lo someten al arbitrio de su voluntad; son el no-derecho,que muestra la insuficiencia del positivismo y la necesidad de abrir las ventanas a las verdades de la conciencia y de la razón.

 

 

ODIAR EL DELITO Y COMPADECER AL DELINCUENTE

Tomo este título de una proposición de Concepción Arenal, quien era una excelente conocedora del Derecho y que vivió en los últimos setenta y tres años del siglo XIX.

Los sentimientos por ella expresados son distintos y, en función de cada caso, tenemos necesidad de saber que no es lo mismo la abstracción del delito
que la personalidad de quien delinque.

Utilizo este enfoque para hacer referencia a nuestro presidente del gobierno, quien ha abstraído tanto el delito de sedición que hasta lo ha hecho desaparecer del código penal.
Además se ha compadecido tanto de los sedicentes que, tras algunos días en la cárcel, los indultó.
Realmente Sánchez no ha sabido o querido diferenciar entre delito de sedición y quienes lo comenten.
No sólo se compadece de los delincuentes sino que amó tanto el delito que hasta lo ha hecho desaparecer.

Si analizamos el caso del señor Griñan se debe reconocer que cometió el delito de no vigilancia para con algunos de

sus compañeros de gobierno pero nos compadecemos de él por los muchos atributos de bonhomía que ofrece.

La compasión de Sánchez con el delincuente se ha materializado en dulcificar la pena, que lleva consigo la malversación de fondos públicos, utilizados para financiar aquel golpe de Estado del Parlamento de Cataluña, que fue abortado por aplicación del artículo 155 de nuestra Constitución.

¿ Cuáles son las consecuencias de esta confusión entre delito y comitente ?

El no extirpar el sentimiento independentista catalán que se acaba de manifestar ante la visita del Presidente de Francia a Barcelona.

Sánchez ha creído que el perdón para con el delincuente y eliminar las penas junto al delito servirían para eliminar el enfrentamiento entre independentistas y la exclusión de todo lo que suene a España.

Pero ha terminado por fomentar el peor fanatismo.

Nuestro presidente de gobierno no reconoce que el sentimiento independentista fundamenta el derecho colectivo de algunos catalanes a su identidad, lo que les conduce a reclamar independencia.

Sánchez cree que sus indultos y restantes medidas, ya comentadas, enriquecerán la convivencia en Cataluña que se pondrá al servicio de la cooperación entre Cataluña y el resto de las regiones de España.

Pero la rápida reacción ha sido lo contrario.
El presidente de la Generalidad se ausentó en el momento en que iban a sonar los himnos de Francia y España y,
al mismo tiempo, se manifestaban los indultados para proclamar y defender su derecho a la autodeterminación y a ser independientes de España.

En tanto que Sánchez y Macron pretendían dar una imagen de cooperación y cosmopolitismo los de Esquerra y Juntos por Cataluña se dedicaban a exhibir sus particularismos.

Y todo esta exhibición se desarrolla para satisfacer el necesitado baño narcisista que Sánchez precisa para continuar en el poder.
Y para edificar sin fundamento su liderazgo.

José Javier Rodríguez Alcaide

LIBERTAD PARA LOS JÓVENES

El amor a la vida  y a la libertad es especialmente intenso en los jóvenes. Por su talante, los jóvenes son especialmente propensos a los deseos pasionales y a hacer cuanto desean. Dóciles a los placeres del vino y del amor e incapaces de dominarse ante ellos, pero también volubles y prontos a hartarse de lo que ya tienen, son apasionados. Se indignan ante la injusticia y no soportan que se les desprecie. Son bondadosos a causa de que todavía no han visto muchas maldades; crédulos porque aún no han padecido engaños; y optimistas, pues no han sufrido decepciones. La mayoría de las veces viven llenos de esperanza, ya que la esperanza atañe al futuro, y los jóvenes tienen mucho futuro y poco pasado. Por eso mismo son también fáciles de engañar, pues fácilmente se llenan de esperanzas; son magnánimos, solidarios con el dolor ajeno; gozan de convivir entre ellos; en todo pecan por demasía y por vehemencia, contra el precepto de Quilón, uno de los siete sabios de Grecia, el cual decía: «nada en exceso». Creen que lo saben todo y son obstinados en sus afirmaciones; cometen las injusticias propias de la desmesura; son compasivos; amantes de la risa, y por ello de las bromas. En fin, aman la vida y la libertad.

 

Y sin embargo actualmente muchos jóvenes carecen de esperanza. No aman la vida y tienen una confusa idea de lo que es la libertad. ¿Qué sucede con ellos? ¿Les estamos engañando? Nacen en un ambiente materialista que de forma pública desprecia lo divino, e incluso lo más propiamente humano, y continuamente les fomenta la adoración a su cuerpo y al placer sensible del animal que todos llevamos dentro. Desde su niñez sólo oyen hablar del dinero, fama y placeres. Unidos a su móvil viven en un agresivo mundo artificial que nada tiene que ver con la realidad, en el que la moral se ridiculiza, se asegura que nada hay después de la muerte y su fin es la nada; y en el que el aborto, el suicidio y la eutanasia se ven como la cosa más natural del mundo. ¿Qué queremos? El materialismo les ha familiarizado desde niños con todo eso. Hacen lo que apetece a su cuerpo, y ven el dolor como un terrible mal del que hay que huir como sea. Y así viven muchos, indiferentes ante todo, frívolos, sin privarse de capricho alguno, pasando la luminosa mañana durmiendo y digiriendo el vino o la droga de la oscura noche anterior. Entienden la libertad como facultad de hacer cuanto les venga en gana, pasando buena parte de la noche fuera de casa bebiendo incontroladamente, sin pudor alguno, llegando a emborracharse para alardear de una aparente madurez y de un espejismo de libertad.

 

Necesitan libertad. Para amar la vida los jóvenes necesitan libertad verdadera, la que es inseparable de la verdad y del bien y está ahí, dentro de ellos mismos, en su alma, la que les permite vivir racionalmente, como hombres dignos, pensando por ellos mismos, teniendo ideas propias, queriendo libremente. Y esa libertad nunca la van a encontrar en el alcohol, las drogas, el dinero, su móvil y el llamado sexo libre y seguro. Se ha atribuido a la conciencia individual la prerrogativa de ser una instancia suprema del juicio moral, que decide sobre el bien y el mal en forma categórica, pero sin un mundo moral objetivo no somos libres. Y no puede haber mundo moral si no hay Dios que lo ha creado, probablemente por esa razón uno de los mayores apóstoles de la libertad, Locke, advierte en sus Pensamientos sobre la Educación que: «como fundamento de ella, es menester desde muy pronto inspirar al niño el amor y respeto al Ser Supremo». Así, con las normas morales que encuentran en su interior, los jóvenes aprenden a vivir bien, como hombres libres, y pueden llegar a comprender que el dolor y el sufrimiento les permiten conseguir el placer de llegar a una meta. Tenemos un gran ejemplo en la educación que se daba a los niños griegos, sobre todo en Esparta, donde el rigor de la enseñanza producía hombres realmente libres. La libertad auténtica no consiste en hacer todo lo que les da la gana, sino en vivir esta vida con dignidad y esperanza. Y sólo encontrarán una meta como la encontró un joven patricio romano del siglo tercero, Agustín de Hipona. Era un frívolo que prefería amoríos a estudios, hasta que una lectura del Hortensio de Cicerón (libro hoy perdido) le hizo pensar. Y cambió radicalmente cuando después tomó al azar un libro, y leyó lo siguiente: «nada de comilonas ni borracheras, nada de lujurias y desenfrenos, nada de rivalidades y envidias, revestíos del hombre nuevo». Eso hizo Agustín, y así encontró la verdadera libertad.

 

MIJAIL GORBACHOV – LO QUE PUDO SER Y NO FUE

Jaime Rocha. Marino de Guerra y Escritor

Aunque a alguno pueda pareceros extraño, hoy no voy a hablar de mis libros, solo haré mención a la parte política que todos ellos contienen, Incluido este último que acaba de ser publicado la semana pasada, Alta Tarición, y que con mucho gusto entrego a José Manuel, con la esperanza de que me sean perdonados mis pecados de ausencia continuada de este foro. Llevo dos años de auténtica locura de viajes sin parar desde Tenerife a Andorra por toda España incluso repitiendo ciudades.

Se me ha pedido que hable de política. La política condiciona nuestras vidas desde lo más importante hasta lo cotidiano.  Desde las relaciones entre los países, hasta la asistencia sanitaria que recibimos, la educación que reciben nuestros hijos, todo es política. La historia de los pueblos esta condicionada por la política que ejecutan sus responsables políticos. La ventaja de las democracias es que los ciudadanos, cada x tiempo, podemos corregir nuestro error si hemos elegido de forma equivocada.

Europa pasa por una situación muy complicada que, en mi opinión, es consecuencia de la política que sus dirigentes han hecho a partir de 1991 cuando, tras la caída del Muro de Berlín desparece la Unión Soviética.

La llegada de Gorbachov al poder en 1988, al ser nombrado presidente del Sóviet Supremo y jefe del Estado suponía no sólo una renovación generacional, sino también una esperanza de renovación política: Gorbachov encarnaba la corriente reformista que proponía una apertura liberalizadora para sacar a la URSS del estancamiento económico, político y cultural en el que había quedado sumida desde la época de Brezhnev.

Gorbachov no defraudó esas expectativas, desde 1990 puso en marcha un programa político extremadamente audaz que no sólo acabaría con la dictadura comunista en la URSS, sino con la propia existencia de aquel Estado, transformando así profundamente el escenario internacional.

Dicho programa, sin embargo, era obra de un comunista convencido, deseoso de reforzar y perfeccionar el régimen socialista mediante la trasparencia (glasnost) y la reestructuración (perestroika). La glasnost se produjo primero y con más facilidad: Gorbachov implantó una mayor trasparencia informativa, acabó con la represión hacia los disidentes, desmontó el Estado policial y la censura de prensa, restauró cierta libertad de expresión y reconoció públicamente los crímenes y los errores cometidos en el pasado por el partido y por el Estado soviético. Con todo ello se ganó el apoyo de los gobiernos y de la opinión pública occidental.

 

Esta acogida no es de extrañar, dado que Gorbachov practicó una política exterior pacifista, llevando de hecho a la URSS a renunciar a su papel de gran potencia mundial, con tal de reducir así los pesados gastos militares que apenas podía soportar la debilitada economía del país (tratado de desarme pactado con los Estados Unidos de Ronald Reagan en 1987, y retirada de Afganistán en 1989). La retirada del ejército soviético condujo a procesos más o menos revolucionarios que acabaron con los regímenes comunistas en Europa central y oriental, abriendo el camino para la reunificación de Alemania (1990).

 

En 1991 se produjo un intento de golpe de Estado militar de tendencia involucionista, que fue detenido por la fuerza del movimiento democrático radical, encabezado por Boris Yeltsin; éste se hizo dueño del poder en Rusia, apartando a Gorbachov y pactando con los dirigentes de las otras repúblicas el desmantelamiento de la URSS. Gorbachov se retiró de la política en aquel mismo año; aunque se presentó a las elecciones presidenciales de Rusia en 1996, obtuvo un resultado pésimo, reflejo de la impopularidad que se ganó en su propio país.

Tras la crisis financiera de 1998, Yeltsin se encontraba en el ocaso de su trayectoria. Solo unos minutos antes del primer día de 2000, dimitió por sorpresa dejando el gobierno en manos de su primer ministro, Vladímir Putin, un antiguo funcionario del KGB y jefe de su agencia sucesora, el Servicio Federal de Seguridad.

Cuando cesé de responsable de las redes clandestinas en el Magreb, debido a mis “salidas de emergencia” de Libia y Marruecos, el director del CESID, general Manglano, me mandó en 1989 a Praga. Empezaban a producirse movimientos populares en contra de los regímenes comunistas en países como Hungría y Polonia con el sindicato Solidarnosc de Lech Walesa.

No teníamos a nadie en Europa del Este y Manglano me dijo: “No quiero que me cuentes lo que está pasando, quiero que me digas lo que va a pasar” Tuve la suerte, o la habilidad, de formar pronto una buena red de informadores, todos inconscientes. Algunos eran hispanistas de la Universidad Carolina de Praga y sobre todo, Erika, una joven periodista de Rude Pravo, el órgano del Partido Comunista Checoslovaco.

Cuando empiezan las movilizaciones en Praga y Bratislava, duramente reprimidas por la policía y el ejército, Erika me informa de que el gobierno checoslovaco le ha pedido a Gorbachov que envíe los tanques para reprimirlas como hizo el gobierno de Brézhnev en 1968 durante la fallida Primavera de Praga.

Informé de inmediato y directamente al director. Según me dijo nadie tenía esa información en ese momento. Aquella negativa de Gorbachov fue fundamental para el triunfo de la Revolución de Terciopelo.

Gorbachov y su “socialismo de rostro humano” hubieran supuesto una nueva era de paz y  cambios políticos y sociales importantes en Europa, pero en el lugar del socialismo de rostro humano de Gorbachov tenemos el expansionismo imperialista de Putin con las consecuencias que estamos viviendo.

Vemos con este lamentable ejemplo la transcendencia de las políticas de dos políticos diferentes y como esas decisiones políticas afectan muy directamente a nuestras vidas.

En alguna entrevista de prensa he dicho que “Europa no ha hecho los deberes” tras la caída del Muro de Berlín. Era el momento de una unión más fuerte en temas como la defensa, inteligencia, seguridad, Fuerzas Armadas o independencia energética. Ahora lo estamos viendo: seguimos siendo dependientes de la OTAN (Estados Unidos) en Defensa y del gas ruso o de otras procedencias en energía, pero es que hasta China nos fabrica la mayoría de los componentes de automoción o informática. Dudo que nuestros políticos actuales sean capaces de dejar de mirarse el ombligo y corrijan estos errores.

Como decíamos, la política determina nuestras vidas en cuestiones muy importantes. He vivido, o visitado con frecuencia, muchos países con regímenes políticos muy distintos, desde las dictaduras comunistas como la Checoslovaquia que conocí, la dictadura capitalista de Singapur, los regímenes teocráticos o confesionales musulmanes como la Libia de Gadafi…y por supuesto muchas democracias de corte occidental que, aun con el factor común que todas las democracias tiene en sus constituciones, cada una tiene unas características diferenciales que hacen que las sociedades correspondientes se perezcan pero no sean iguales. El fenómeno de la globalización tiende a eliminar esas diferencias pero no creo que sea capaz de lograrlo, estamos viendo que la utopía de la Unión Europea hoy, después de tantos años, no es más que una unión monetaria y poco más.

Hasta en cuestión tan vital como la energía cada uno hace la guerra por su cuenta. España abandona Argelia y le falta tiempo a Macron para ir corriendo a firmar acuerdos con los argelinos y se niega a construir un gaseoducto por  los Pirineos.

Alemania, Dinamarca y Suecia tenían unos acuerdos de suministro con Rusia de los que se beneficiaba solo ellos (por cierto que aún  no se sabe quién los ha saboteado).

Ni a Rusia, China o Estados Unidos les interesa una Unión Europea de 500 millones de habitantes, desarrollada y con un potencial económico de primerísimo nivel. Los Estados Unidos ya lograron que Gran Bretaña se saliera de la Unión, los rusos antes, y además de la invasión de Ucrania (por cierto, en el 2014 cundo se anexiona Crimea nadie dice nada), ya estaban financiando el Proces catalán y los chinos deseando entrar en Europa con una base militar en Cataluña a cambio de 45.000 millones de dólares.

La guerra es a la política (diplomacia) como la cirugía a la medicina.

Europa ha sido el escenario de las dos guerras mundiales y quedó por dos veces destruida. Parecía que tras la segunda guerra los políticos europeos de ese momento y la Firma del Tratado del Carbón y del Acero en Paris en 1951 habían aprendido la lección y se produciría una autentica unión, pero no solo por la acción exterior, sino por nuestras propias debilidades y enfrentamientos, eso, hoy por hoy está muy lejos. Ojalá me equivoque.

La encrucijada de la Unión Europea. Cuatro libros para una guerra.

La encrucijada de la Unión Europea. Cuatro libros para una guerra.

La guerra de Ucrania ha terminado por colocar a la UE en una encrucijada de tal gravedad que nos exige una  reflexión profunda acerca de hacia dónde vamos, qué rumbo traemos y en qué condiciones se encuentra la nave para afrontar las tormentosas aguas que se avecinan. Porque, por difícil que nos parezca, la nave tendrá que cambiar de rumbo si quiere sobrevivir.

Es un hecho conocido que, después de los ciudadanos de Ucrania, los miembros de la UE somos los más perjudicados por las decisiones que el liderazgo de Occidente ha tomado para sancionar a Rusia tras su invasión de Febrero pasado. Desde las primeras semanas de esta etapa del conflicto  supimos que, para los ciudadanos de la UE, el coste de las sanciones sería al menos de tres veces el de los rusos. No es una especulación, es un dato conocido que, por ejemplo,  expuso Javier Solana durante su intervención en la Institución Libre de Enseñanza el siete de Marzo de este año.

Así pues, quienes tomaron aquellas decisiones lo hicieron sabiendo  los costes que supondrían para nosotros. Del mismo modo que quien, más recientemente, destruyó el gaseoducto Nord Stream se aseguró de que, “quemando nuestras naves” energéticas, el deterioro económico de Alemania y de la UE quedaba sellado para muchas décadas.  Nuestros costes de miles de productos ya han aumentado a niveles inimaginables hace bien poco con el consiguiente derrumbe de nuestra competitividad global.

Pero la nave europea ya iba mal por un conjunto de circunstancias muy anteriores a esta contienda.   Una señal de cómo de “tocada” iba la UE es el informe de la Oficina Mundial de la Propiedad Intelectual de la ONU sobre generación de nuevas patentes y registros de propiedad intelectual. En dicho informe, que durante la pandemia pasó silenciosamente por nuestros medios de comunicación,  la UE, con el 5.6% de las solicitudes mundiales de registro,  aparece detrás de Corea del Sur con su notable 6.7%.  Por delante de Corea estaban Japón, 10%, los EEUU, 19.5%, y China con el 41%.  No es la única señal  de deterioro pero es muy grave que en una de nuestras históricas fortalezas –éramos líderes mundiales hace ochenta años– nos encontremos hoy por detrás de un pequeño país como Corea con apenas cincuenta millones de habitantes.  Hablando de amenazas existenciales para Europa, esta pérdida de ventaja en la producción intelectual es la más grave, duradera y difícil de revertir.

Por lo tanto dos de los resultados de las decisiones que el liderazgo comunitario ha ido adoptando durante décadas son el agravamiento de nuestra ya alta dependencia de los EEUU y la aceleración del empobrecimiento de los europeos mientras prosigue la deslocalización industrial –ahora hacia América del Norte–.

Si sumamos a lo anterior el hecho de que, por las políticas energéticas, impositivas y la fiebre regulatoria de la UE, hay una pérdida constante de competitividad, nos acercamos a la realidad. Porque cualquier producción se nos vuelve inviable por nuestra estructura de costes, también de los costes fiscales, al tiempo que tecnológicamente seguimos perdiendo relevancia mundial. Si la UE quiere algún día volver a ser una fuerza de progreso económico real, algo muy profundo tiene que cambiar en su estrategia, en sus políticas y en su gobierno. Los cuatro libros que presentamos a continuación nos ofrecen sabias reflexiones para esta tarea.

El casi tres veces  milenario general y filósofo chino, Sun Tzu, escribió  en su “Libro de la guerra”,  que lo primero que debemos tener en cuenta antes de iniciar una contienda –física,  hibrida o cultural–,   es ver  si la Virtud –Dao— está de nuestro lado. Para este manual de estudio obligado en todas las academias militares, los restantes factores –clima, topografía, mando y disciplina–  son secundarios con respecto a la posesión de la virtud moral.  La palabra Dao es un concepto que oscila entre la virtud metafísica taoísta y la comunión que en determinadas ocasiones se produce entre gobiernos y gobernados, jefes y subordinados, regímenes y sus ciudadanos. Justo aquello de lo que carece una  UE que promueve activamente la “cancelación” de los valores y tradiciones históricos de Europa.

Otro libro de hace pocos años, «Repensando el liderazgo estratégico«, de Federico Aznar, arranca con una espléndida  referencia a escenas de la película «La Misión«, que narra la epopeya paraguaya de los Jesuitas españoles. Un gran ejemplo histórico de liderazgo centrado en las exigencias prácticas de la virtud moral. La historia nos mostró cómo esta forma de liderazgo fue  objeto de los ataques inmisericordes del poder terrenal de su tiempo: las monarquías absolutas. Aquellas modélicas “reducciones” indígenas estuvieron en el origen de la gran expulsión de la Orden de toda Europa con la excepción de Prusia y Rusia donde pudieron refugiarse no pocos jesuitas. Este exilio forzado duró desde 1767 a 1814 y, a efectos docentes universitarios en España, no se les permitió reanudarlos hasta 1888.

El modelo desarrollado por Ignacio de Loyola hoy nos suena extraño al descansar en estas cuatro ideas: Discernimiento, Reflexión, Afecto y Acción. Los dos primeros, Discernimiento y Reflexión,  están íntimamente relacionados con la búsqueda de la verdad. Algo incompatible con el relativismo nihilista que hoy circula en una UE que hace todo lo posible por borrar nuestras raíces civilizatorias y que ha llegado incluso a  sugerirnos que restrinjamos el uso de los tradicionales “Christmas” navideños.

Otro gran pensador, Guglielmo Ferrero, exiliado de la Italia de Mussolini, escribió en 1942 desde la Universidad de Ginebra una obra notable: «Poder, los genios invisibles de la ciudad«. En ella aborda dos conceptos: la Legitimidad Otorgada –sin la cual todas las formas de poder social terminan por degradarse y desaparecer– y el Miedo del Poder a perderlo. Los dos factores clave íntimamente ligados a la virtud moral del liderazgo.

El cuarto libro, “The Grand Chessboard”, 1997, del gran Zbigniew Brzezinski​, ilustre pensador polaco nacionalizado en los Estados Unidos, profesor, miembro de su “establishment” de Seguridad Nacional y fallecido en 2017, dice en aquella edición algo que debiera hacernos reflexionar como europeos. Se refiere a los principales objetivos de toda metrópoli en su relación con los territorios imperiales.  Son estos: 1. Impedir la colusión de los estados vasallos. 2. Mantener los flujos tributarios. 3. Asegurar su dependencia defensiva. Seguro que no solo “nos suenan” sino que los reconocemos perfectamente en nuestras vidas.

Vivimos días amargos para una Europa muy necesitada de un alto en el camino que nos permita  discernir y reflexionar sobre nuestra ambición estratégica  para los próximos cincuenta o cien años. Como antes de todas las batallas, es crucial preguntarnos honestamente si estamos del lado de la virtud y de la verdad.  Si lo hacemos veremos que hemos renunciado a ser independientes y que hemos aceptado seguir estrategias que no son las nuestras. Al hacerlo, no solo hemos retrocedido sino que, como estamos viendo, nuestra dependencia ha aumentado dramáticamente y en contra de nuestros intereses.

De ello debemos responder todos, pero muy especialmente quienes, siendo responsables de ejercer el liderazgo moral y de representarnos, han servido a otros fines y a otros intereses. Fuera del sendero del progreso, la paz, la verdad y la justicia. Lejos de la libertad y la responsabilidad personales.

 

EL DERECHO Y LA TRADICIÓN JURÍDICA CRISTIANA

Congreso Católicos y Vida Pública

Madrid, noviembre 2022

José Ramón Recuero

 

Señoras y señores, queridos amigos, voy a desarrollar cinco ideas que se desprenden de la tradición jurídica cristiana sobre las que, si les parece bien, después podremos debatir y dialogar.

 

I

La primera es la siguiente: el Derecho Natural existe y lo captamos en nuestro interior.  De la misma forma que hay leyes físicas, como la de la gravedad, hay leyes morales, como la que ordena respetar toda vida humana. Así ha hecho Dios el Mundo: dos y dos son cuatro, los ratones no engendran caballos y el homicidio está mal. Se trata de esas leyes no escritas de las que hablaron Antígona y Aristóteles, a las que una tradición cristiana bimilenaria llama Derecho Natural. El cual es un regalo que Dios nos hace, pues como dice san Pablo a los romanos esa Ley está escrita en nuestros corazones, en el centro mismo de nuestra alma. Tenemos ahí una chispa de lo divino que permite a nuestro entendimiento discernir lo bueno de lo malo, y eso sin quitarnos la libertad de actuar de una u otra forma. Lo primero que captamos es esto: el bien ha de hacerse y el mal ha de evitarse. Concretando más Ulpiano aludió a vivir honestamente, no dañar a nadie y dar a cada uno lo suyo; unos principios que el Cristianismo plasmó en el Decálogo, diez palabras que defienden bienes que están en la naturaleza: vivir en la verdad, pureza de corazón, defensa de toda vida humana, amor a la familia, respeto de lo ajeno, etcétera.

En esta concepción el Derecho no se identifica con la orden del que manda, no es sólo la ley positiva que publica el boletín oficial del Estado, sostener tal cosa es primitivo y simplista. Es algo mucho más rico. Si la Ética es el arte de gobernarse a sí mismo, el Derecho es el arte de gobernar la Comunidad en función del bien y la justicia naturales. Así lo definió el jurista romano Celso, como arte de lo bueno y de lo justo, de aplicar leyes que no son de ayer ni de hoy, sino de siempre. Esa es la razón por la que la Justicia se representa como una Virgen con los ojos vendados, símbolo de incorruptibilidad, que con su balanza nivela y con su espada ataja el mal.

 

II

La segunda idea es esta: el Derecho Natural es la estrella polar de quienes tienen el poder político. La cuestión se reduce a determinar cual es la fuente última y fundamental de las leyes, si lo es Dios o si lo somos los hombres. Hay que elegir. Si de la escena pública desaparecen Dios y la Ley natural el hombre se convierte en un dios que hace lo que le da la gana, su única ley es su voluntad; y a su imagen y semejanza el Estado se convierte en un dios social que también hace lo que le da la gana, su única guía es su voluntad, a la que eufemísticamente llama voluntad popular. Sin leyes naturales que observar los que mandan tienen plenitud de potestad para mangonear todo lo nuestro. La conclusión es clara: si queremos ser libres tenemos que asumir que la fuente última del Derecho es Dios, ya que su Ley Natural es lo único que limita al poder señalándole como actuar honestamente.

 

En realidad la Ley Positiva es una ley artificial que el legislador pinta o construye siguiendo el modelo de la Ley Natural, como lo hace un artista, un pintor o un poeta, ya dije que el Derecho es un arte, esto lo explica muy bien el jurista italiano Carnelutti en un bello libro titulado Arte del Derecho. Y de esta forma, copiando el bien que hay en la naturaleza, en Comunidad ese bien se transforma en bien común, que es el fin propio de un Estado Justo. En la tradición cristiana el bien común es una situación en la que se conjugan tres elementos: paz, justicia y suficiencia de bienes, al servicio de estos fines deben estar los gobernantes y los legisladores, no de sus intereses particulares. De manera que si el Derecho Positivo sigue el norte que le marca la estrella polar que es la Ley Natural, que es su alma, hay Derecho Justo y un Estado de Justicia. Pero si no es así y está mal pintado o construido lo que hay es mera fuerza, violencia amparada en forma de ley, un Derecho Injusto. Y cuando esto se convierte en patológico, de manera que el mal se instala como principio en la Comunidad a través de sus normas positivas, existe lo que Del Vecchio llama Estado Delincuente, así tituló uno de sus libros, y Zubiri denomina Estado de Maldad. Ambas categorías vienen a coincidir, más o menos, con lo que san Agustín llamó Civitas Dei o del Bien y Civitas Impiorum o del Mal.

 

III

Tercera idea: gracias al Derecho Natural la persona está sobre el Estado, no al revés.Para los que creemos en Dios y la Ley Natural el individuo está sobre el Estado, no le entrega todo lo suyo sino que tiene bienes y valores que no son por el Estado, ni para el Estado, que están fuera del Estado, como lo están las verdades matemáticas. Esto lo expresó muy bien Tomás de Aquino en su Suma, en la que dijo textualmente que «el hombre no se ordena respecto a la Comunidad Política según todo él y según todas su cosas».

¡Qué diferente es nuestra situación cuando prescindimos de Dios y de la Ley Natural! En una línea diametralmente opuesta, Hobbes estableció como clausula del pacto para crear Leviatánnada menos que lo siguiente: «autorizo y transfiero al Estado mi derecho de gobernarme a mí mismo»; y el contrato social de Rousseau reza literalmente así: «cada uno de nosotros pone en común sus bienes, su persona, su vida y toda su potencia bajo la suprema dirección de la voluntad general». ¡Se entrega todo!, el Estado queda convertido en un amo al que el individuo se subordina totalmente, tanto en lo espiritual como en lo temporal. Es lo que hoy sufrimos, una faena pavorosa a la que Ortega llamó politicismo integral: prohibido todo aparte, nada de tener opiniones propias, nada de discrepar, estamos encerrados en la cárcel del pensamiento único y el Estado nos ordena lo que debemos hacer, decir, y en ocasiones hasta pensar. Así nuestros derechos ya no son naturales, desde la revolución francesa son los concedidos por el poder, que puede limitarlos e incluso suprimirlos.

 

IV

Pero en nuestra tradición cristiana la realidad es otra, esta es mi cuarta idea: tenemos unos derechos naturales que son previos al poder, no concedidos por él, ya que se basan en la Ley Natural, como son el derecho a la vida, el derecho a la libertad y el derecho a nuestros bienes. Esta idea la desarrollaron admirablemente los sabios de la Escuela de Salamanca, de los que mucho tenemos que aprender, y la han asumido quienes han sufrido las consecuencias de entregar todo al Estado. Como, por ejemplo, los alemanes después de Hitler, cuando en 1949 aprobaron una Ley Fundamental que dice basarse en «los inviolables e inalienables derechos del hombre».

El derecho a la vida es una constante en los Convenios Internacionales, las Constituciones y los pronunciamientos de los Tribunales Constituciones. Y si acudimos a la lógica y a la biología este derecho tiene que referirse a la vida humana en todas su fases, desde su concepción hasta su muerte. Pues la cosa es clara: nuestra primera célula, el cigoto, no es un mineral ni un vegetal, es un ser humano en estado embrionario, con sus 46 cromosomas propios, que tiene identidad individual distinta de la de sus padres y obra y se desarrolla por sí mismo, como lo prueba la fecundación in vitro. También mostraron Vitoria y los demás profesores de Salamanca que el hombre es libre por naturaleza, y a nadie está sujeto sino solamente a su Criador. Esta es la libertad del cristiano que, como dijo Suárez, no le exime de leyes humanas justas pero excluye el temor servil a leyes injustas. Con palabras de Cervantes, Dios y la naturaleza nos han hecho libres, es libre nuestro albedrío y no hay yerba, encanto o poder que pueda forzarlo. También es natural nuestro derecho a los bienes necesarios, que el Estado está obligado a respetar no despojándonos de ellos, esto lo desarrollaron muy bien Roa Dávila y Luis de León.

 

V

La quinta idea es la siguiente: La democracia es la forma de gobierno más conforme con el Derecho Natural. Pero la democracia auténtica. Aristóteles diferenció entre una democracia buena y real, que es aquella que tiene como fin la justicia natural y el bien común, y otra democracia tiránica mala, en la que el poder busca su propio interés y actúa como un tirano.

 

La Cristiandad proclamó la libertad e igualdad de todos los hombres, y así promovió la auténtica democracia. En nuestra tradición la idea central era esta: omnis potestas est a Deo per Populum, toda potestad procede de Dios a través del Pueblo. Lo que significa que el fundamento último del poder es Dios, no un hombre o varios, aunque sean mayoría, pues en este caso estos serían superiores a los demás y la libertad e igualdad naturales de todos desaparecerían. Dios ha depositado el poder, dice Francisco de Vitoria, en todos y cada uno de los hombres de la Comunidad, por eso para los sabios de Salamanca la soberanía reside realmente en el pueblo. El cual puede administrarse a sí mismo, y esta es la forma más natural de gobierno: la democracia, Francisco Suárez lo explicó en extenso cuando se opuso a las pretensiones absolutistas del rey inglés. En esta concepción democrática del poder los gobernantes son hechos por el pueblo, como servidores suyos que deben desempeñar su cargo sometidos al Derecho Natural y al bien común. De manera que su poder siempre es limitado y quien abusa de él se convierte en un tirano contra el que cabe oponerse, en esto Mariana es un maestro. Sobre estas bases Tocqueville afirmó que la religión cristiana promueve la democracia; Bergson dijo que esta es de esencia evangélica; Maritain recogió en su libro Cristianismo y democracia las siguientes palabras, que el Vicepresidente de los Estados Unidos Wallace pronunció en 1942: «la idea de la libertad deriva de la Biblia y de su insistencia en afirmar la dignidad de la persona, la democracia es la única expresión política verdadera del cristianismo»; y, en fin, Chesterton afirmó que la maquinaria del voto es profundamente cristiana, pues es un intento de averiguar la opinión de aquellos que están marginados o son demasiado modestos para darla.

 

Lamentablemente hoy las cosas no son así. La democracia se ha hecho tiránica, oligárquica. El fundamento del poder es el propio hombre y los que mandan carecen de límites transcendentes, por eso el Derecho ha dejado de ser arte de lo bueno y de lo justo y se ha convertido en arte de coaccionar, Kelsen es un maestro en este arte. El Estado Democrático se ha erigido en un Estado-dios como lo concibieron Hobbes y Rousseau, a él hemos entregado todo y él es el que crea, limita o suprime nuestros derechos. Si bien de hecho esto lo hacen quienes lo manejan: los partidos políticos y sus dirigentes. Los partidos se han convertido en facciones que, tras unas elecciones que son como las saturnales romanas (en las que los señores jugaban a servir a sus siervos), utilizan los votos como si fuesen de su propiedad. Y así el partido o la coalición de partidos que resulta dominante tras las intrigas, cesiones y trapicheos post-electorales ocupa todos los centros de poder, todos. Se convierte en el soberano absoluto en cuyos despachos, y no en el Parlamento, se toman las decisiones, en el amo que utiliza a discreción una voluntad popular que en realidad se identifica con la voluntad de sus dirigentes, para imponernos a todos su visión parcial de la vida. Franklin dijo que en este mundo sólo hay dos cosas seguras: la muerte y pagar impuestos. Yo creo que hay una tercera: la tiranía cuando se idolatra al poder.

 

¿Cuál es la visión de la vida que nos quieren imponer ahora? Es simple: antropocentrismo, un mundo sin Dios ni Derecho Natural en el que el hombre de carne y hueso es el ombligo del mundo, el nuevo dios. En realidad es una bestia que se cree dios, pues no tiene alma, ni perspectiva de más allá, no hay un salto cualitativo respecto a los demás animales. Eso explica que ahora la vida humana no tenga más valor que la de una ostra, como dijo Hume, y que haya una conjuración contra ella que está lacerando el mundo. La madre puede matar a su hijo mientras se desarrolla en su seno mediante el aborto, y si no es posible hacerlo en clínicas que se dedican a este negocio el Estado se encarga de eliminar al pobre inocente, como si fuera una prestación sanitaria más. Y a pesar de que las leyes garantizan el derecho a la vida, no a al muerte, a pesar de que el fin de la medicina es curar, no matar, enfermos, débiles y ancianos pueden ser eliminados con la mal llamada eutanasia, también usando el sistema sanitario, así el Estado consigue aquello que Petronio puso en su epitafio: valete curae, que quiere decir «se acabaron los cuidados». Nuestra libertad natural también sufre los estragos. Es lo más preciado que tenemos después de la vida, pero el Estado Paternalista ha propagado la idea de que la libertad civil es la obediencia a la ley positiva. Rousseau dijo que quien se niegue obedecer al Estado será obligado a ello, y eso no significa otra cosa sino que se le obligará a ser libre. Se comprende que esta idea de la libertad no nos permite pensar y opinar por nosotros mismos, hemos nacido libres pero por todas partes estamos encadenados. En fin, las leyes que el Estado dispara sin cesar limitan también, cada vez más, nuestro espacio vital dominado y nuestros bienes. Siempre tenemos que pagarle un alto porcentaje, como en la Cofradía de Monipodio, es como aquel general ateniense que se llamaba Timoteo, del cual se decía: «incluso durmiendo su red recoge para él».

 

VI

Esta situación nos incita a luchar por el Derecho según lo concibe la tradición cristiana, al menos a mi me anima a ello, lo cual supone luchar por la libertad y dignidad de todo ser humano. Creo que el rico legado que debemos transmitir a los que nos siguen es este: mostrar que sobre la tiranía está la Justicia Natural, lo razonable, lo bueno en sí. Tal es la razón de ser del poder, que debe respetar siempre el orden moral que hay en la naturaleza.

 

Aunque en realidad proponer esto no es nada nuevo. Ya en el siglo primero el buen Plutarco escribió un ensayo al que dio un título muy significativo y, por cierto, muy actual, pues era este: A un gobernante falto de instrucción. En él se preguntaba: «¿Quién gobernará al que gobierna?». Y el propio Plutarco contestaba lo siguiente: «La ley que reina sobre todos, mortales e inmortales, como dijo Píndaro, que no está escrita exteriormente en libros ni en tablas, sino que es una palabra con vida propia en su interior, que siempre vive con él, lo vigila y jamás deja su alma desprovista de gobierno». Es decir: lo que debe gobernar al indocto gobernante es la Ley Natural que está en nuestro interior y procede de Dios. A esto se reduce todo: a volver a Dios, y con Él al Derecho tal como lo ha entendido el Cristianismo. Sólo con ellos se puede volver a humanizar el hombre, sólo con ellos puede encontrar nuestra sociedad cimientos sólidos y duraderos.

 

 

 

Cuba: El reto cívico frente a un Estado totalitario

El evento fue organizado por la Fundación Cultural Ángel Herrera Oria, el Instituto de Estudios de la Democracia del CEU y la Fundación Civismo

La Universidad CEU San Pablo fue la sede este martes de un ciclo de conferencias sobre Cuba y el reto cívico de la transición de un Estado totalitario a una democracia. El evento, que reunió a estudiantes, catedráticos y especialistas del caso cubano, fue organizado por la Fundación Cultural Angel Herrera Oria, el Instituto de Estudios de la Democracia del CEU y la Fundación Civismo.

La conferencia inaugural estuvo a cargo del Doctor Ignacio Uria, quien exaltó la figura de Pedro Meurice, el arzobispo católico que se convirtió en una voz incómoda para la dictadura castrista.
Maurice lideró la Iglesia Católica en Santiago de Cubadurante treinta y cuatro años y fue abiertamente opuesto al marxismo-leninismo y al ateísmo del régimen comunista cubano posición que le mereció ser llamado «el azote de la Iglesia cubana al régimen castrista».
Uria recordó el especial momento en el que el arzobispo Meurice presentó la misa oficiada por el Papa Juan Pablo II en 1998 en la plaza de la Revolución. La histórica homilía se transmitió por radio y televisión controlada en todo momento por el Partido Comunista cubano, lo que, sin embargo, no evitó los primeros gritos de libertad desde 1959.
La voz de Meurice, señaló Uria, representaba un bastión frente al comunismo y a la teología de la liberación, que tanto dolor ha producido en el continente americano.
«Pedro Meurice tenía una gran sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno. Era el elemento diferencial de su carácter. En la distancia corta ganaba, era muy tímido e irónico y amaba la historia», señaló Uria quien tuvo la oportunidad de conocerlo personalmente.
Tras la inauguración, dio inicio un ciclo de conferencias que trataron entre otros temas: el activismo cívico, los desafíos actuales de la Iglesia Católica ante el régimen, la censura y el estrangulamiento de la libertad de expresión en toda la isla, los miles de cubanos que huyes a diario del totalitarismo.

Cultura, activismo y Libertad

Especial atención generó la participación de Yanelys Núñez, la joven activista cubana que apoyó activamente el Movimiento San Isidro que logró un despertar social en el verano de 2021.
Núñez recordó que los artistas cubanos se revelaron a las imposiciones del ministerio de Cultura del régimen castrista. «Teníamos que dar un paso más por el mero hecho de que de eso depende la existencia nuestra en Cuba, es decir, de la sobrevivencia de nuestro trabajo».
Claudio Gaitán, otro activista cubano refugiado ahora en España, resaltó la importancia de las redes sociales para el activismo cívico tanto dentro como fuera de Cuba. El joven explicó la naturaleza de la plataforma «Archipiélago».
«Era una especie de activismo como acto de protesta, algo que desde la lejanía, desde la diáspora, hicimos muchos como una especie de fe en que ese espíritu llegará a las personas» recordó Gaitán.

Ambos jóvenes cubanos abogaron por la liberación de los centenares de presos políticos, recordando que desde Archipiélago se apoya a cada uno de los casos: revisar sentencias, apoyo emocional o económico a los familiares e incluso huelgas de hambre para presionar por su liberación.

El ciclo de conferencias terminó con el desarrollo del tema internacional y la postura de España y la Unión Europaante frente a la dictadura cubana. Los conferencistas rescataron el valor de una postura congruente y común en el entorno comunitario sobre la base de los derechos humanos y los anhelos de libertad del pueblo cubano.

Las raíces gregarias del comportamiento humano.

El objeto de este artículo es recordar algunos rasgos de la psicología humana que, en vez de ayudarnos a discernir y a compartir correctamente la realidad, facilitan el trabajo de quienes tratan de fijar en nuestras mentes su relato interesado y fraudulento. Este trabajo soterrado de los “creadores y gestores de la opinión pública” se da en todos los regímenes políticos pero sorprende que exista en tan gran escala en regímenes que se pretenden respetuosos con las libertades de pensamiento, expresión e información de sus ciudadanos. La calidad de nuestro “espacio cognitivo”, como lo denominan los profesionales, es precaria y con ella nuestra capacidad de discernir la realidad.
Si en las sociedades que tenemos por libres los ciudadanos pasamos por alto esta intromisión en la gestión de nuestro espacio cognitivo perdemos nuestra principal diferencia con las sociedades despóticas y totalitarias: naciones de súbditos, no de ciudadanos a las que, tal parece, el poder en Occidente parece envidiar hoy día.
Vamos pues a recordar los resultados de dos experimentos psicológicos que nos muestran la fragilidad de nuestras convicciones y lo manipulable que es nuestro comportamiento. Se trata de los experimentos de Milgram y de Asch.
El más reciente de ellos, Milgram, confirma nuestra predisposición instintiva a la obediencia que, en contra incluso de nuestras convicciones morales, nos lleva a ignorar los derechos naturales de otros seres humanos cuando actuamos bajo órdenes o sugerencias de una autoridad establecida. Su famoso experimento de los años 60 en Yale, publicado en 1973, muestra la facilidad con la que suministramos descargas eléctricas crecientes a un “paciente” siguiendo las indicaciones del director del experimento llegando a causar daño y gritos de dolor a la víctima. Es decir, la obediencia a las señales de la autoridad bloquea nuestros criterios de bien y mal y es asombrosamente escaso el número de personas que tienen el valor moral de dejar de hacer lo ordenado. El experimento muestra igualmente que la dignidad de la persona sometida a dicha tortura decrece en la mente de quien la administra cuando se siente respaldada por la “autoridad”. El ejercicio legítimo del poder en sociedades libres y democráticas se debe basar siempre en una suerte de desconfianza estructural hacia el poder y en la imposición de límites al mismo. Eso creemos. Sin embargo en nuestra naturaleza predomina el modelo ancestral y la aceptación pasiva de los errores del poder.
El segundo, el conocido experimento de Asch en los años 50 del pasado siglo, es otro ejemplo de la fuerza de nuestro instinto gregario y muestra la facilidad con la que mentimos para no discrepar de la opinión que creemos mayoritaria sabiendo que la opinión del grupo es falsa. Nada menos que el 37% de las personas lo hacen de modo espontáneo y sin presión alguna. No hace falta esforzarse mucho para imaginar qué sucedería si esta presión fuese coactiva y explícita como está sucediendo en Canadá y otros países donde ya existen sanciones civiles y penales por no usar determinadas palabras en algunas interacciones sociales. Los famosos “neo-pronombres”de género. Es fácil ver que la práctica totalidad de la población optaría por el silencio temeroso –o incluso la adhesión ferviente– evidenciando que en nosotros perdura firme el viejo instinto de las manadas. Rebaños que rechazan violentamente al discrepante como, allá por 1916, nos hizo ver el neurólogo y cirujano inglés Wilfred Trotter en su célebre obra “Instincts of the Herd in Peace and War”.
Ambos rasgos son muy relevantes para entender el importante papel subliminal de los medios de información y su “autoridad” en el establecimiento de la opinión. Y están de plena actualidad hoy cuando nos decimos, sin rubor y comprensivos, que la primera víctima de las guerras es la verdad. Aunque, pensando con más finura, quizás sea más cierto decir que mucho antes del comienzo de las hostilidades físicas la verdad llevaba largo tiempo muerta y hasta enterrada. Si la realidad fuese conocida del público todas las guerras y muchas de las ingenierías sociales que hoy imperan serían mucho más difíciles o no tendrían lugar. Es bastante evidente que a menor capacidad de manipulación de los gobiernos, mayor discernimiento ciudadano y menor posibilidad de guerras entre naciones y menos ingenierías sociales destructivas.
En momentos como los actuales en los que el relato oficial occidental nos habla con inusitada frecuencia de libertad, es oportuno no perder de vista lo que realmente sucede. Y para ello, además de conocer las distorsiones de la información que se nos ofrece, es vital que seamos conscientes de lo que se nos oculta. Aquello que“está pasando” pero nuestros medios no dicen. Es más fácil descubrir lo que hay de cierto en una noticia falsa que imaginar lo que se esconde tras un manto de silencio. A ambas cosas, falsedades y silencios, debemos estar atentos.
En la reciente reunión de la OTAN en Madrid, el pasado mes Julio, esta organización que concentra mucho más de la mitad del gasto militar mundial para menos del 15% de la población, –un dato que impresiona–, incluyó nuestro “espacio cognitivo” como una de las cinco áreas clave de su actuación estratégica. Que una práctica impropia y siempre vergonzante para naciones libres y democráticas pase a ser explícita, me temo que no augura un futuro prometedor.
Doy por sentado que otros regímenes son peores en esta falta de respeto a sus ciudadanos –de esto se trata, de respeto– pero esta no es la cuestión. La cuestión es que, si pretendemos ser verdaderamente diferentes y si la verdad significa algo, no pueden nuestros gobiernos gestionar el monopolio de la misma para mentir–.
Sin embargo y también a propósito de la triste guerra en curso, los gobiernos occidentales han cerrado a sus ciudadanos el acceso a cadenas estatales rusas como RT o Sputnik. Con este tipo de medidas han conseguido que, de toda la población mundial, sólo los ciudadanos de los EEUU y la UE se vean privados de escuchar y ver versiones alternativas de los hechos. Es decir, más de seis mil millones de personas tienen una información de la que no disponemos los aproximadamente mil millones de occidentales.
Otra consecuencia, lógica por otra parte, es que también a primeros de Julio pasado, la UE, por boca del Sr. Borrell, se ha visto obligada a reconocer literalmente que “estamos perdiendo la batalla del relato”. ¿Podemos sorprendernos?
En esta intricada cuestión de la libertad de información, su veracidad y el libre acceso a la misma, cuentan mucho los rasgos de nuestro comportamiento que nos muestran con crudeza los experimentos de Milgram y de Asch. Rasgos del alma que nos demuestran debilidades innatas y nos ayudan a entender que nuestra dependencia de la voluntad y del interés del poder ajeno es un residuo potente de los instintos gregarios que siguen rigiendo nuestro comportamiento.

R. Estévez
Septiembre 2022

¿Qué puedo hacer yo?

Nos encontramos, hoy, con personas que se encuentran tristes, descorazonadas, desilusionadas ante la situación de las sociedades actuales; otras: enfadadas, alteradas, nerviosas buscando por dónde está la solución a unos valores sociales que ven en caída acelerada. No es de extrañar que muchos opten por aquello de contemplar el mundo desde la ventana; que ellos ya no pueden hacer nada, dicen. Estos, desconectan de “lo político” e intentan vivir su vida y que les impacte todo lo menos posible. Otros, buscando qué hacer, optan por la acción por la acción, todo aquello que sea en contra de lo que ven como negativo en la sociedad; son los agraviados, con gran carga de razón en muchos casos, pero cuya exasperación lleva a nunca ver el vaso ni lleno ni medio lleno, siempre vacío. Es difícil reprochar las dos actitudes anteriores; pero, no son constructivas. Por omisión o por sobrerreacción ni ilusionan ni cambian nada. La persona en sociedad debe buscar el Bien Común, el dejar el mundo mejor de lo que lo encontró; la mejora de cada persona en particular y de su conjunto. No estamos aquí para cuidar de nuestro ombligo. Tenemos, cada uno, un deber de intentar dar nuestra pincelada en el cuadro social. Lo que no hagamos se quedará sin hacer; pequeño o grande. Eso supone edificar.

Ante este enfoque, algunos dirán: bien, ¿y yo, qué puedo hacer?; desorientados.

La respuesta fácil, es aquella inmediata: la del corto plazo, aquella que responde a situaciones y problemas concretos y actuales. No me quedo en la ventana viendo el mundo pasar, me muevo, participo. O, no solo me molesto, también intento ensalzar aquello bueno, que aunque pequeño puede brotar.
En este punto, algunos dirán que ya se han movido, han votado a Vox. Porque sienten el desengaño del Partido Popular, que cuando gobierna (y cuando gobierne) solo se preocupa de las políticas económicas –que lo hace bien-; pero que deja pasar la oportunidad de deshacer todas las actuaciones y legislación ideológica de los gobiernos anteriores; estos recuerdan como en sentido contrario el Gobierno de Zapatero-Fernández de la Vega, rápidamente en sus primeros meses, impulsó una agenda ideológica que aun hoy ha quedado –gobierno Rajoy por medio- presente. El PP volverá a dejar esta agenda ideológica, no se ha molestado en negarlo, y ante ello Vox sería la única opción que confronta la batalla cultural.

No nos extrañemos ante esta opción producida por el desencanto, no solo del Partido Popular; también es la opción de segmentos sociales desatendidos y concretos: taxistas, agricultores, autónomos, ganaderos, transportistas, cazadores, obreros en barriadas olvidadas. Acuden a quien da voz a su frustración, como respuesta a ese olvido y marginación que sienten. Se da así la confluencia de la contestación de segmentos sociales con el desengaño ideológico de los que abandonan al PP. Contestación que tiene un componente concreto y actual; desengaño ideológico que tiene un componente de fondo.

Aquí, además, muchos se sienten aún más desesperanzados respecto al componente ideológico del Partido Popular. Algunos dirían que es indefinido; otros, traslúcido, porque no existe; otros, más allá, constatan que participa de la corriente ideológica de lo políticamente
correcto que arrasa en el mundo occidental. Los líderes políticos, llámense Sánchez, Feijóo, Macron o Trudeau, e independientemente del color de sus ropajes exteriores, se inclinan ante unas agendas, semánticas, cosmovisiones, antropologías, dineros, en los que la intrínseca dignidad integral de la persona en sus planos biológico, intelectual, emocional y espiritual se cuestiona, distorsiona o se disuelve difuminándose. Se ven arrastrados consciente o inconscientemente, voluntaria o involuntariamente, presionados o sencillamente dirigidos por esta corriente que nos invade; y saben que si no estás en ella, simplemente no estás o no estarás. Malta cedió, Hispanoamérica está en el fragor de la batalla, Hungría y Polonia veremos…

Parece que ante esta situación, ya no nos planteamos: ¿y yo, qué puedo hacer?, ni gritar, directamente nos sentamos en la butaca a hacer un sudoku rabiando ante nuestra pequeñez.

Pues precisamente es a este punto a donde se quería llegar. Cada uno de nosotros debe actuar, debe participar, es necesario, independientemente de cuál es su aportación y lo aparentemente inútil que pueda ser una mosca para detener un elefante. Sin embargo, el convencimiento profundo de cada uno de ser necesarios para transformar el mundo y dejarlo mejor, de contribuir al Bien Común, es el paso imprescindible para que realmente esto se produzca.

No nos hagamos ilusiones de que son batallas cuyo resultado veremos necesariamente. Quizá nuestra contribución no transforme la sociedad de forma inmediata, pero quizá sí sus resultados permitirán que nazcan nuestros nietos o bisnietos y que, además, lo hagan de unos padres felices porque hay una sociedad donde las personas han tenido la oportunidad de creer en la vida. Perdón, en la Vida.

Esto, que uno puede hacer, pone el foco en un nivel diferente al concreto, actual que inicialmente describíamos. Es el foco del medio y del largo plazo. Cuando nos regalan unas flores y regamos el ramo estamos actuando en el corto plazo; no queremos que se marchiten en unos días; estamos cambiando nuestro sentido del voto. Pero las flores se marchitarán; no tienen raíz, no tienen un contenido ideológico que las sustente. Cuándo nos regalan una maceta con una planta, la podemos regar, podemos abonarla, las flores florecerán varias veces, tiene algún sustrato de ideas; ese es el medio plazo: las propuestas reflexionadas de cambios normativos, la motivación a unos adolescentes, la confrontación pausada y sin complejos de temas difíciles. Si ya plantamos un árbol en tierra fértil, ni regar casi hace falta, estamos edificando sobre cimientos profundos que el vendaval diario no se llevará.

Pero sin duda el foco del medio y largo plazo es difícil. No es convencer y dar una papeleta de voto a un elector: es que tenga la oportunidad de formarse como persona, tener valores, libertad y responsabilidad; y que, con la verdad buscada, tener criterio propio para elegir el mejor voto o decisión posible, ya sea en Barcelona, Lima, Manila o Pamplona. No solo mañana, también pasado mañana.
Es laborioso remar cuando el objetivo se ve lejos. Sin embargo hay que ser consciente de que existen multitud de herramientas y acciones a mano; para todos los caracteres, posibilidades, capacidades y disposiciones. Habrá quien dé una charla en un colegio, quien promueva proyectos sanos de unos jóvenes, quien proponga en una comunidad de vecinos, quien se

oponga con alternativas y sin vergüenza en una asociación, quien ilusione formando, quien ilumine con criterio al desorientado, quien dé ejemplo participando, quien lidere con sacrificio propuestas, quien organice colectivos, quien aporte esfuerzo, quien aporte financiación, quien tenga personalidad para señalar cuando la brújula se vuelve loca, quien coordine voluntades, quien señale caminos.
¿Y yo, qué puedo hacer? Preguntarse ya es un primer paso, ser consecuente otro más. Sin embargo, después, hay más preguntas:

¿y con otros como yo, juntos, qué podemos hacer?