Arnold Toynbee nos advertía en su extensa obra, hoy casi olvidada, de que los declives civilizatorios eran inducidos por élites parasitarias y que éstas recurrían invariablemente a reemplazar sus poblaciones originarias por otras que les parecían más manejables. No hace falta ser muy perspicaz para ver que esta sustitución está ya muy avanzada en Europa.
Vivimos hoy en el cuarto año de la guerra en Ucrania. Una guerra predecible desde el golpe de estado del “Maidan” de 2014 . Hoy sabemos que aquel golpe fue una operación de “cambio de régimen” financiada con 5.000 M$ y dirigida por Victoria Nuland; por entonces la responsable de Europa en el Departamento de Estado. El resultado fue el derribo de Yanukovich, la anexión de Crimea por Rusia y la rebelión de Donetsk y Lugansk a los que el nuevo régimen de Kiev pretendió integrar con la desaparición de la lengua rusa. Tras ocho años de bombardeos y 14.000 civiles muertos entre la población rusófona, Moscú y Kiev llegaron a un “acuerdo” en Marzo del 22. Aquel “preacuerdo de Estambul” fue bloqueado por Boris Johnson y el presidente Biden que prometieron a Zelensky el célebre “whatever it takes”. Desde entonces, más de 6.000 empresas occidentales han paralizado sus operaciones en Rusia, se han cortado todos los vuelos, se han bloqueado canales televisivos y decretado 19 rondas de sanciones a Rusia.
Javier Solana, hombre de probada sabiduría, aclaró en Marzo del 2022 que el coste de dichas sanciones sería para nosotros “tres veces” el de los rusos. Realmente se quedó corto.
Con todo, el resultado más grave para la UE es el coste de la energía. La gran debilidad de una Europa que usa la energía como instrumento de recaudación fiscal en vez de como fortaleza de su industria. La voladura del Nord Stream y el final de las compras de gas a Rusia —hoy sustituido por gas natural de los EEUU a más de tres veces el precio — están destruyendo a gran velocidad la industria de la UE. En consecuencia llevamos ya varios años con industrias europeas dislocándose a China y a los EEUU. Caso de BMW a Carolina del Norte o de una VW en recesión fabril en Europa también debida a una miope regulación de Bruselas.
El resultado es un 1% mensual de reducción de exportaciones industriales de Alemania. Un declive que en vano se trata de compensar con producción de armamento y que realmente pone en cuestión las prioridades del liderazgo europeo.
A su vez la guerra de Ucrania es fruto de lo sucedido desde la reunificación Alemana. Una reunificación aceptada por Rusia por la promesa occidental, luego incumplida, de no “mover” la OTAN hacia el Este. Hoy, los análisis más asépticos de la guerra en Ucrania nos hablan de una victoria rusa en ciernes y una retirada parcial de los EEUU mientras la UE se prepara para enfrentarse a Rusia “en 2029” y Trump opta por limitarse a ser proveedor de armamento.
Las decisiones tomadas por la UE en relación a esta guerra, desde las numerosas rondas de sanciones a la amenaza de apropiarse de los fondos soberanos rusos o al fin de las compras energéticas a Rusia, han ido en detrimento de los ciudadanos europeos y de la reputación de la UE. La puntilla es la paulatina destrucción de nuestra industria por los aranceles asimétricos de Trump que obligan a la industria europea a trasladarse a los EEUU. Fabricamos allí lo que luego importamos. Por todo ello, no pocos europeos se ven forzados a cuestionarse la sensatez de la incorporación a la UE y al Euro. Una UE que pasa del 30% del PIB global a menos del 14% y que proyecta una caída al 9% para 2040.
Todo ello sucede olvidando que llevamos 30 años acercando las armas de la OTAN a Rusia —y devaluando nuestra credibilidad con aquella promesa del “not one inch” hacia el Este. Como si no supiésemos que la credibilidad se construye gota a gota y se pierde a chorros. Nuestro recordado Dalmacio Negro, quizás el más hondo intelectual europeo de las últimas décadas, solía decir que la cúpula de Bruselas era un entorno con pulsiones, políticas y actos de naturaleza “soviética”.
Los ejemplos son frecuentes: intromisiones en la privacidad y libertad de expresión, el euro digital, censuras varias y hasta sanciones fuera del circuito judicial. España y otros cuatro países están hoy ante el TJUE por no implantar censura y vigilancia en las redes como desea Bruselas.
Vemos pues que desde una organización no elegida por los ciudadanos surgen leyes restrictivas de las libertades –como la Ley de Servicios Digitales. Es necesario no olvidar el decálogo de libertades expuestas hace pocas semanas por el vicepresidente Vance sobre la necesidad estratégica de un entorno de expresión libre. Y tampoco debemos olvidar el gesto airado de los mandatarios europeos al oírlo. Mientras tanto, Thierry Breton, el ex Comisario impulsor de esta Ley totalitaria, acaba de ver la suspensión de su visado para entrar en EEUU. Una ruptura moral muy importante.
Las reflexiones anteriores nos llevan a plantearnos algunas cuestiones.
La primera… ¿es la UE viable?
1. Tenemos un nivel adicional de gobierno y unos costes estructurales que no tiene ninguno de nuestros competidores. Por si no bastase, la Comisión se centra en su papel regulador. Otra lacra. El reciente fiasco de la IA habría hecho las delicias de Unamuno. EEUU y China desarrollan, nosotros… regulamos.
2. Tenemos los más altos costes fiscales del globo que lastran cualquier producción. El desglose de costes de cualquier producto europeo nos dice que el 65/70% de ellos son impuestos. Al menos un 20% más que EEUU o Japón. Y ello sin hablar del enorme diferencial de coste energético.
3. La UE está a la cola tecnológica de los grandes bloques globales. Según la OMPI (ONU), la UE genera menos Patentes y Procedimientos Registrables que Corea del Sur. China produce ya un 40% de la propiedad intelectual global, EEUU el 20%, Japón un 10%, Corea un 6.7% y… Europa un 5.7%.
La segunda cuestión tiene que ver con lo que decía Dalmacio Negro acerca de las tendencias de la Comisión. Su propensión al control y a la creación de entornos destructivos de la privacidad ciudadana. Con el agravante de que hoy día, el Estado sí dispone de los medios tecnológicos para la vigilancia de cada instante de la vida de sus ciudadanos.
El tercer asunto está relacionado con el último libro de la Democracia en América de Tocqueville, “Le despotisme démocratique”. El final de esta etapa de nuestro sistema es el empobrecimiento y el despotismo que estamos viendo crecer.
Europa busca borrar sus raíces cristianas sin apenas encontrar resistencia. En los acuerdos de Lisboa se elevó la masonería al rango de una religión y la izquierda gramsciana –Laclau y Mouffe– ha renovado los esfuerzos para “cancelar” nuestra cultura. Desde la propia Comisión europea se viene promoviendo dicha cancelación.
Hace muchos años, en reuniones sobre temas estratégicos en los EEUU, escuché por primera vez la palabra “Eurabia”. Hoy vemos que la islamización europea es rápida y financiada por nuestras propias instituciones.

