La encrucijada de la Unión Europea. Cuatro libros para una guerra.

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La encrucijada de la Unión Europea. Cuatro libros para una guerra.

La encrucijada de la Unión Europea. Cuatro libros para una guerra.

La guerra de Ucrania ha terminado por colocar a la UE en una encrucijada de tal gravedad que nos exige una  reflexión profunda acerca de hacia dónde vamos, qué rumbo traemos y en qué condiciones se encuentra la nave para afrontar las tormentosas aguas que se avecinan. Porque, por difícil que nos parezca, la nave tendrá que cambiar de rumbo si quiere sobrevivir.

Es un hecho conocido que, después de los ciudadanos de Ucrania, los miembros de la UE somos los más perjudicados por las decisiones que el liderazgo de Occidente ha tomado para sancionar a Rusia tras su invasión de Febrero pasado. Desde las primeras semanas de esta etapa del conflicto  supimos que, para los ciudadanos de la UE, el coste de las sanciones sería al menos de tres veces el de los rusos. No es una especulación, es un dato conocido que, por ejemplo,  expuso Javier Solana durante su intervención en la Institución Libre de Enseñanza el siete de Marzo de este año.

Así pues, quienes tomaron aquellas decisiones lo hicieron sabiendo  los costes que supondrían para nosotros. Del mismo modo que quien, más recientemente, destruyó el gaseoducto Nord Stream se aseguró de que, “quemando nuestras naves” energéticas, el deterioro económico de Alemania y de la UE quedaba sellado para muchas décadas.  Nuestros costes de miles de productos ya han aumentado a niveles inimaginables hace bien poco con el consiguiente derrumbe de nuestra competitividad global.

Pero la nave europea ya iba mal por un conjunto de circunstancias muy anteriores a esta contienda.   Una señal de cómo de “tocada” iba la UE es el informe de la Oficina Mundial de la Propiedad Intelectual de la ONU sobre generación de nuevas patentes y registros de propiedad intelectual. En dicho informe, que durante la pandemia pasó silenciosamente por nuestros medios de comunicación,  la UE, con el 5.6% de las solicitudes mundiales de registro,  aparece detrás de Corea del Sur con su notable 6.7%.  Por delante de Corea estaban Japón, 10%, los EEUU, 19.5%, y China con el 41%.  No es la única señal  de deterioro pero es muy grave que en una de nuestras históricas fortalezas –éramos líderes mundiales hace ochenta años– nos encontremos hoy por detrás de un pequeño país como Corea con apenas cincuenta millones de habitantes.  Hablando de amenazas existenciales para Europa, esta pérdida de ventaja en la producción intelectual es la más grave, duradera y difícil de revertir.

Por lo tanto dos de los resultados de las decisiones que el liderazgo comunitario ha ido adoptando durante décadas son el agravamiento de nuestra ya alta dependencia de los EEUU y la aceleración del empobrecimiento de los europeos mientras prosigue la deslocalización industrial –ahora hacia América del Norte–.

Si sumamos a lo anterior el hecho de que, por las políticas energéticas, impositivas y la fiebre regulatoria de la UE, hay una pérdida constante de competitividad, nos acercamos a la realidad. Porque cualquier producción se nos vuelve inviable por nuestra estructura de costes, también de los costes fiscales, al tiempo que tecnológicamente seguimos perdiendo relevancia mundial. Si la UE quiere algún día volver a ser una fuerza de progreso económico real, algo muy profundo tiene que cambiar en su estrategia, en sus políticas y en su gobierno. Los cuatro libros que presentamos a continuación nos ofrecen sabias reflexiones para esta tarea.

El casi tres veces  milenario general y filósofo chino, Sun Tzu, escribió  en su “Libro de la guerra”,  que lo primero que debemos tener en cuenta antes de iniciar una contienda –física,  hibrida o cultural–,   es ver  si la Virtud –Dao— está de nuestro lado. Para este manual de estudio obligado en todas las academias militares, los restantes factores –clima, topografía, mando y disciplina–  son secundarios con respecto a la posesión de la virtud moral.  La palabra Dao es un concepto que oscila entre la virtud metafísica taoísta y la comunión que en determinadas ocasiones se produce entre gobiernos y gobernados, jefes y subordinados, regímenes y sus ciudadanos. Justo aquello de lo que carece una  UE que promueve activamente la “cancelación” de los valores y tradiciones históricos de Europa.

Otro libro de hace pocos años, «Repensando el liderazgo estratégico«, de Federico Aznar, arranca con una espléndida  referencia a escenas de la película «La Misión«, que narra la epopeya paraguaya de los Jesuitas españoles. Un gran ejemplo histórico de liderazgo centrado en las exigencias prácticas de la virtud moral. La historia nos mostró cómo esta forma de liderazgo fue  objeto de los ataques inmisericordes del poder terrenal de su tiempo: las monarquías absolutas. Aquellas modélicas “reducciones” indígenas estuvieron en el origen de la gran expulsión de la Orden de toda Europa con la excepción de Prusia y Rusia donde pudieron refugiarse no pocos jesuitas. Este exilio forzado duró desde 1767 a 1814 y, a efectos docentes universitarios en España, no se les permitió reanudarlos hasta 1888.

El modelo desarrollado por Ignacio de Loyola hoy nos suena extraño al descansar en estas cuatro ideas: Discernimiento, Reflexión, Afecto y Acción. Los dos primeros, Discernimiento y Reflexión,  están íntimamente relacionados con la búsqueda de la verdad. Algo incompatible con el relativismo nihilista que hoy circula en una UE que hace todo lo posible por borrar nuestras raíces civilizatorias y que ha llegado incluso a  sugerirnos que restrinjamos el uso de los tradicionales “Christmas” navideños.

Otro gran pensador, Guglielmo Ferrero, exiliado de la Italia de Mussolini, escribió en 1942 desde la Universidad de Ginebra una obra notable: «Poder, los genios invisibles de la ciudad«. En ella aborda dos conceptos: la Legitimidad Otorgada –sin la cual todas las formas de poder social terminan por degradarse y desaparecer– y el Miedo del Poder a perderlo. Los dos factores clave íntimamente ligados a la virtud moral del liderazgo.

El cuarto libro, “The Grand Chessboard”, 1997, del gran Zbigniew Brzezinski​, ilustre pensador polaco nacionalizado en los Estados Unidos, profesor, miembro de su “establishment” de Seguridad Nacional y fallecido en 2017, dice en aquella edición algo que debiera hacernos reflexionar como europeos. Se refiere a los principales objetivos de toda metrópoli en su relación con los territorios imperiales.  Son estos: 1. Impedir la colusión de los estados vasallos. 2. Mantener los flujos tributarios. 3. Asegurar su dependencia defensiva. Seguro que no solo “nos suenan” sino que los reconocemos perfectamente en nuestras vidas.

Vivimos días amargos para una Europa muy necesitada de un alto en el camino que nos permita  discernir y reflexionar sobre nuestra ambición estratégica  para los próximos cincuenta o cien años. Como antes de todas las batallas, es crucial preguntarnos honestamente si estamos del lado de la virtud y de la verdad.  Si lo hacemos veremos que hemos renunciado a ser independientes y que hemos aceptado seguir estrategias que no son las nuestras. Al hacerlo, no solo hemos retrocedido sino que, como estamos viendo, nuestra dependencia ha aumentado dramáticamente y en contra de nuestros intereses.

De ello debemos responder todos, pero muy especialmente quienes, siendo responsables de ejercer el liderazgo moral y de representarnos, han servido a otros fines y a otros intereses. Fuera del sendero del progreso, la paz, la verdad y la justicia. Lejos de la libertad y la responsabilidad personales.

 

EL DERECHO Y LA TRADICIÓN JURÍDICA CRISTIANA

Congreso Católicos y Vida Pública

Madrid, noviembre 2022

José Ramón Recuero

 

Señoras y señores, queridos amigos, voy a desarrollar cinco ideas que se desprenden de la tradición jurídica cristiana sobre las que, si les parece bien, después podremos debatir y dialogar.

 

I

La primera es la siguiente: el Derecho Natural existe y lo captamos en nuestro interior.  De la misma forma que hay leyes físicas, como la de la gravedad, hay leyes morales, como la que ordena respetar toda vida humana. Así ha hecho Dios el Mundo: dos y dos son cuatro, los ratones no engendran caballos y el homicidio está mal. Se trata de esas leyes no escritas de las que hablaron Antígona y Aristóteles, a las que una tradición cristiana bimilenaria llama Derecho Natural. El cual es un regalo que Dios nos hace, pues como dice san Pablo a los romanos esa Ley está escrita en nuestros corazones, en el centro mismo de nuestra alma. Tenemos ahí una chispa de lo divino que permite a nuestro entendimiento discernir lo bueno de lo malo, y eso sin quitarnos la libertad de actuar de una u otra forma. Lo primero que captamos es esto: el bien ha de hacerse y el mal ha de evitarse. Concretando más Ulpiano aludió a vivir honestamente, no dañar a nadie y dar a cada uno lo suyo; unos principios que el Cristianismo plasmó en el Decálogo, diez palabras que defienden bienes que están en la naturaleza: vivir en la verdad, pureza de corazón, defensa de toda vida humana, amor a la familia, respeto de lo ajeno, etcétera.

En esta concepción el Derecho no se identifica con la orden del que manda, no es sólo la ley positiva que publica el boletín oficial del Estado, sostener tal cosa es primitivo y simplista. Es algo mucho más rico. Si la Ética es el arte de gobernarse a sí mismo, el Derecho es el arte de gobernar la Comunidad en función del bien y la justicia naturales. Así lo definió el jurista romano Celso, como arte de lo bueno y de lo justo, de aplicar leyes que no son de ayer ni de hoy, sino de siempre. Esa es la razón por la que la Justicia se representa como una Virgen con los ojos vendados, símbolo de incorruptibilidad, que con su balanza nivela y con su espada ataja el mal.

 

II

La segunda idea es esta: el Derecho Natural es la estrella polar de quienes tienen el poder político. La cuestión se reduce a determinar cual es la fuente última y fundamental de las leyes, si lo es Dios o si lo somos los hombres. Hay que elegir. Si de la escena pública desaparecen Dios y la Ley natural el hombre se convierte en un dios que hace lo que le da la gana, su única ley es su voluntad; y a su imagen y semejanza el Estado se convierte en un dios social que también hace lo que le da la gana, su única guía es su voluntad, a la que eufemísticamente llama voluntad popular. Sin leyes naturales que observar los que mandan tienen plenitud de potestad para mangonear todo lo nuestro. La conclusión es clara: si queremos ser libres tenemos que asumir que la fuente última del Derecho es Dios, ya que su Ley Natural es lo único que limita al poder señalándole como actuar honestamente.

 

En realidad la Ley Positiva es una ley artificial que el legislador pinta o construye siguiendo el modelo de la Ley Natural, como lo hace un artista, un pintor o un poeta, ya dije que el Derecho es un arte, esto lo explica muy bien el jurista italiano Carnelutti en un bello libro titulado Arte del Derecho. Y de esta forma, copiando el bien que hay en la naturaleza, en Comunidad ese bien se transforma en bien común, que es el fin propio de un Estado Justo. En la tradición cristiana el bien común es una situación en la que se conjugan tres elementos: paz, justicia y suficiencia de bienes, al servicio de estos fines deben estar los gobernantes y los legisladores, no de sus intereses particulares. De manera que si el Derecho Positivo sigue el norte que le marca la estrella polar que es la Ley Natural, que es su alma, hay Derecho Justo y un Estado de Justicia. Pero si no es así y está mal pintado o construido lo que hay es mera fuerza, violencia amparada en forma de ley, un Derecho Injusto. Y cuando esto se convierte en patológico, de manera que el mal se instala como principio en la Comunidad a través de sus normas positivas, existe lo que Del Vecchio llama Estado Delincuente, así tituló uno de sus libros, y Zubiri denomina Estado de Maldad. Ambas categorías vienen a coincidir, más o menos, con lo que san Agustín llamó Civitas Dei o del Bien y Civitas Impiorum o del Mal.

 

III

Tercera idea: gracias al Derecho Natural la persona está sobre el Estado, no al revés.Para los que creemos en Dios y la Ley Natural el individuo está sobre el Estado, no le entrega todo lo suyo sino que tiene bienes y valores que no son por el Estado, ni para el Estado, que están fuera del Estado, como lo están las verdades matemáticas. Esto lo expresó muy bien Tomás de Aquino en su Suma, en la que dijo textualmente que «el hombre no se ordena respecto a la Comunidad Política según todo él y según todas su cosas».

¡Qué diferente es nuestra situación cuando prescindimos de Dios y de la Ley Natural! En una línea diametralmente opuesta, Hobbes estableció como clausula del pacto para crear Leviatánnada menos que lo siguiente: «autorizo y transfiero al Estado mi derecho de gobernarme a mí mismo»; y el contrato social de Rousseau reza literalmente así: «cada uno de nosotros pone en común sus bienes, su persona, su vida y toda su potencia bajo la suprema dirección de la voluntad general». ¡Se entrega todo!, el Estado queda convertido en un amo al que el individuo se subordina totalmente, tanto en lo espiritual como en lo temporal. Es lo que hoy sufrimos, una faena pavorosa a la que Ortega llamó politicismo integral: prohibido todo aparte, nada de tener opiniones propias, nada de discrepar, estamos encerrados en la cárcel del pensamiento único y el Estado nos ordena lo que debemos hacer, decir, y en ocasiones hasta pensar. Así nuestros derechos ya no son naturales, desde la revolución francesa son los concedidos por el poder, que puede limitarlos e incluso suprimirlos.

 

IV

Pero en nuestra tradición cristiana la realidad es otra, esta es mi cuarta idea: tenemos unos derechos naturales que son previos al poder, no concedidos por él, ya que se basan en la Ley Natural, como son el derecho a la vida, el derecho a la libertad y el derecho a nuestros bienes. Esta idea la desarrollaron admirablemente los sabios de la Escuela de Salamanca, de los que mucho tenemos que aprender, y la han asumido quienes han sufrido las consecuencias de entregar todo al Estado. Como, por ejemplo, los alemanes después de Hitler, cuando en 1949 aprobaron una Ley Fundamental que dice basarse en «los inviolables e inalienables derechos del hombre».

El derecho a la vida es una constante en los Convenios Internacionales, las Constituciones y los pronunciamientos de los Tribunales Constituciones. Y si acudimos a la lógica y a la biología este derecho tiene que referirse a la vida humana en todas su fases, desde su concepción hasta su muerte. Pues la cosa es clara: nuestra primera célula, el cigoto, no es un mineral ni un vegetal, es un ser humano en estado embrionario, con sus 46 cromosomas propios, que tiene identidad individual distinta de la de sus padres y obra y se desarrolla por sí mismo, como lo prueba la fecundación in vitro. También mostraron Vitoria y los demás profesores de Salamanca que el hombre es libre por naturaleza, y a nadie está sujeto sino solamente a su Criador. Esta es la libertad del cristiano que, como dijo Suárez, no le exime de leyes humanas justas pero excluye el temor servil a leyes injustas. Con palabras de Cervantes, Dios y la naturaleza nos han hecho libres, es libre nuestro albedrío y no hay yerba, encanto o poder que pueda forzarlo. También es natural nuestro derecho a los bienes necesarios, que el Estado está obligado a respetar no despojándonos de ellos, esto lo desarrollaron muy bien Roa Dávila y Luis de León.

 

V

La quinta idea es la siguiente: La democracia es la forma de gobierno más conforme con el Derecho Natural. Pero la democracia auténtica. Aristóteles diferenció entre una democracia buena y real, que es aquella que tiene como fin la justicia natural y el bien común, y otra democracia tiránica mala, en la que el poder busca su propio interés y actúa como un tirano.

 

La Cristiandad proclamó la libertad e igualdad de todos los hombres, y así promovió la auténtica democracia. En nuestra tradición la idea central era esta: omnis potestas est a Deo per Populum, toda potestad procede de Dios a través del Pueblo. Lo que significa que el fundamento último del poder es Dios, no un hombre o varios, aunque sean mayoría, pues en este caso estos serían superiores a los demás y la libertad e igualdad naturales de todos desaparecerían. Dios ha depositado el poder, dice Francisco de Vitoria, en todos y cada uno de los hombres de la Comunidad, por eso para los sabios de Salamanca la soberanía reside realmente en el pueblo. El cual puede administrarse a sí mismo, y esta es la forma más natural de gobierno: la democracia, Francisco Suárez lo explicó en extenso cuando se opuso a las pretensiones absolutistas del rey inglés. En esta concepción democrática del poder los gobernantes son hechos por el pueblo, como servidores suyos que deben desempeñar su cargo sometidos al Derecho Natural y al bien común. De manera que su poder siempre es limitado y quien abusa de él se convierte en un tirano contra el que cabe oponerse, en esto Mariana es un maestro. Sobre estas bases Tocqueville afirmó que la religión cristiana promueve la democracia; Bergson dijo que esta es de esencia evangélica; Maritain recogió en su libro Cristianismo y democracia las siguientes palabras, que el Vicepresidente de los Estados Unidos Wallace pronunció en 1942: «la idea de la libertad deriva de la Biblia y de su insistencia en afirmar la dignidad de la persona, la democracia es la única expresión política verdadera del cristianismo»; y, en fin, Chesterton afirmó que la maquinaria del voto es profundamente cristiana, pues es un intento de averiguar la opinión de aquellos que están marginados o son demasiado modestos para darla.

 

Lamentablemente hoy las cosas no son así. La democracia se ha hecho tiránica, oligárquica. El fundamento del poder es el propio hombre y los que mandan carecen de límites transcendentes, por eso el Derecho ha dejado de ser arte de lo bueno y de lo justo y se ha convertido en arte de coaccionar, Kelsen es un maestro en este arte. El Estado Democrático se ha erigido en un Estado-dios como lo concibieron Hobbes y Rousseau, a él hemos entregado todo y él es el que crea, limita o suprime nuestros derechos. Si bien de hecho esto lo hacen quienes lo manejan: los partidos políticos y sus dirigentes. Los partidos se han convertido en facciones que, tras unas elecciones que son como las saturnales romanas (en las que los señores jugaban a servir a sus siervos), utilizan los votos como si fuesen de su propiedad. Y así el partido o la coalición de partidos que resulta dominante tras las intrigas, cesiones y trapicheos post-electorales ocupa todos los centros de poder, todos. Se convierte en el soberano absoluto en cuyos despachos, y no en el Parlamento, se toman las decisiones, en el amo que utiliza a discreción una voluntad popular que en realidad se identifica con la voluntad de sus dirigentes, para imponernos a todos su visión parcial de la vida. Franklin dijo que en este mundo sólo hay dos cosas seguras: la muerte y pagar impuestos. Yo creo que hay una tercera: la tiranía cuando se idolatra al poder.

 

¿Cuál es la visión de la vida que nos quieren imponer ahora? Es simple: antropocentrismo, un mundo sin Dios ni Derecho Natural en el que el hombre de carne y hueso es el ombligo del mundo, el nuevo dios. En realidad es una bestia que se cree dios, pues no tiene alma, ni perspectiva de más allá, no hay un salto cualitativo respecto a los demás animales. Eso explica que ahora la vida humana no tenga más valor que la de una ostra, como dijo Hume, y que haya una conjuración contra ella que está lacerando el mundo. La madre puede matar a su hijo mientras se desarrolla en su seno mediante el aborto, y si no es posible hacerlo en clínicas que se dedican a este negocio el Estado se encarga de eliminar al pobre inocente, como si fuera una prestación sanitaria más. Y a pesar de que las leyes garantizan el derecho a la vida, no a al muerte, a pesar de que el fin de la medicina es curar, no matar, enfermos, débiles y ancianos pueden ser eliminados con la mal llamada eutanasia, también usando el sistema sanitario, así el Estado consigue aquello que Petronio puso en su epitafio: valete curae, que quiere decir «se acabaron los cuidados». Nuestra libertad natural también sufre los estragos. Es lo más preciado que tenemos después de la vida, pero el Estado Paternalista ha propagado la idea de que la libertad civil es la obediencia a la ley positiva. Rousseau dijo que quien se niegue obedecer al Estado será obligado a ello, y eso no significa otra cosa sino que se le obligará a ser libre. Se comprende que esta idea de la libertad no nos permite pensar y opinar por nosotros mismos, hemos nacido libres pero por todas partes estamos encadenados. En fin, las leyes que el Estado dispara sin cesar limitan también, cada vez más, nuestro espacio vital dominado y nuestros bienes. Siempre tenemos que pagarle un alto porcentaje, como en la Cofradía de Monipodio, es como aquel general ateniense que se llamaba Timoteo, del cual se decía: «incluso durmiendo su red recoge para él».

 

VI

Esta situación nos incita a luchar por el Derecho según lo concibe la tradición cristiana, al menos a mi me anima a ello, lo cual supone luchar por la libertad y dignidad de todo ser humano. Creo que el rico legado que debemos transmitir a los que nos siguen es este: mostrar que sobre la tiranía está la Justicia Natural, lo razonable, lo bueno en sí. Tal es la razón de ser del poder, que debe respetar siempre el orden moral que hay en la naturaleza.

 

Aunque en realidad proponer esto no es nada nuevo. Ya en el siglo primero el buen Plutarco escribió un ensayo al que dio un título muy significativo y, por cierto, muy actual, pues era este: A un gobernante falto de instrucción. En él se preguntaba: «¿Quién gobernará al que gobierna?». Y el propio Plutarco contestaba lo siguiente: «La ley que reina sobre todos, mortales e inmortales, como dijo Píndaro, que no está escrita exteriormente en libros ni en tablas, sino que es una palabra con vida propia en su interior, que siempre vive con él, lo vigila y jamás deja su alma desprovista de gobierno». Es decir: lo que debe gobernar al indocto gobernante es la Ley Natural que está en nuestro interior y procede de Dios. A esto se reduce todo: a volver a Dios, y con Él al Derecho tal como lo ha entendido el Cristianismo. Sólo con ellos se puede volver a humanizar el hombre, sólo con ellos puede encontrar nuestra sociedad cimientos sólidos y duraderos.

 

 

 

Cuba: El reto cívico frente a un Estado totalitario

El evento fue organizado por la Fundación Cultural Ángel Herrera Oria, el Instituto de Estudios de la Democracia del CEU y la Fundación Civismo

La Universidad CEU San Pablo fue la sede este martes de un ciclo de conferencias sobre Cuba y el reto cívico de la transición de un Estado totalitario a una democracia. El evento, que reunió a estudiantes, catedráticos y especialistas del caso cubano, fue organizado por la Fundación Cultural Angel Herrera Oria, el Instituto de Estudios de la Democracia del CEU y la Fundación Civismo.

La conferencia inaugural estuvo a cargo del Doctor Ignacio Uria, quien exaltó la figura de Pedro Meurice, el arzobispo católico que se convirtió en una voz incómoda para la dictadura castrista.
Maurice lideró la Iglesia Católica en Santiago de Cubadurante treinta y cuatro años y fue abiertamente opuesto al marxismo-leninismo y al ateísmo del régimen comunista cubano posición que le mereció ser llamado «el azote de la Iglesia cubana al régimen castrista».
Uria recordó el especial momento en el que el arzobispo Meurice presentó la misa oficiada por el Papa Juan Pablo II en 1998 en la plaza de la Revolución. La histórica homilía se transmitió por radio y televisión controlada en todo momento por el Partido Comunista cubano, lo que, sin embargo, no evitó los primeros gritos de libertad desde 1959.
La voz de Meurice, señaló Uria, representaba un bastión frente al comunismo y a la teología de la liberación, que tanto dolor ha producido en el continente americano.
«Pedro Meurice tenía una gran sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno. Era el elemento diferencial de su carácter. En la distancia corta ganaba, era muy tímido e irónico y amaba la historia», señaló Uria quien tuvo la oportunidad de conocerlo personalmente.
Tras la inauguración, dio inicio un ciclo de conferencias que trataron entre otros temas: el activismo cívico, los desafíos actuales de la Iglesia Católica ante el régimen, la censura y el estrangulamiento de la libertad de expresión en toda la isla, los miles de cubanos que huyes a diario del totalitarismo.

Cultura, activismo y Libertad

Especial atención generó la participación de Yanelys Núñez, la joven activista cubana que apoyó activamente el Movimiento San Isidro que logró un despertar social en el verano de 2021.
Núñez recordó que los artistas cubanos se revelaron a las imposiciones del ministerio de Cultura del régimen castrista. «Teníamos que dar un paso más por el mero hecho de que de eso depende la existencia nuestra en Cuba, es decir, de la sobrevivencia de nuestro trabajo».
Claudio Gaitán, otro activista cubano refugiado ahora en España, resaltó la importancia de las redes sociales para el activismo cívico tanto dentro como fuera de Cuba. El joven explicó la naturaleza de la plataforma «Archipiélago».
«Era una especie de activismo como acto de protesta, algo que desde la lejanía, desde la diáspora, hicimos muchos como una especie de fe en que ese espíritu llegará a las personas» recordó Gaitán.

Ambos jóvenes cubanos abogaron por la liberación de los centenares de presos políticos, recordando que desde Archipiélago se apoya a cada uno de los casos: revisar sentencias, apoyo emocional o económico a los familiares e incluso huelgas de hambre para presionar por su liberación.

El ciclo de conferencias terminó con el desarrollo del tema internacional y la postura de España y la Unión Europaante frente a la dictadura cubana. Los conferencistas rescataron el valor de una postura congruente y común en el entorno comunitario sobre la base de los derechos humanos y los anhelos de libertad del pueblo cubano.

Las raíces gregarias del comportamiento humano.

El objeto de este artículo es recordar algunos rasgos de la psicología humana que, en vez de ayudarnos a discernir y a compartir correctamente la realidad, facilitan el trabajo de quienes tratan de fijar en nuestras mentes su relato interesado y fraudulento. Este trabajo soterrado de los “creadores y gestores de la opinión pública” se da en todos los regímenes políticos pero sorprende que exista en tan gran escala en regímenes que se pretenden respetuosos con las libertades de pensamiento, expresión e información de sus ciudadanos. La calidad de nuestro “espacio cognitivo”, como lo denominan los profesionales, es precaria y con ella nuestra capacidad de discernir la realidad.
Si en las sociedades que tenemos por libres los ciudadanos pasamos por alto esta intromisión en la gestión de nuestro espacio cognitivo perdemos nuestra principal diferencia con las sociedades despóticas y totalitarias: naciones de súbditos, no de ciudadanos a las que, tal parece, el poder en Occidente parece envidiar hoy día.
Vamos pues a recordar los resultados de dos experimentos psicológicos que nos muestran la fragilidad de nuestras convicciones y lo manipulable que es nuestro comportamiento. Se trata de los experimentos de Milgram y de Asch.
El más reciente de ellos, Milgram, confirma nuestra predisposición instintiva a la obediencia que, en contra incluso de nuestras convicciones morales, nos lleva a ignorar los derechos naturales de otros seres humanos cuando actuamos bajo órdenes o sugerencias de una autoridad establecida. Su famoso experimento de los años 60 en Yale, publicado en 1973, muestra la facilidad con la que suministramos descargas eléctricas crecientes a un “paciente” siguiendo las indicaciones del director del experimento llegando a causar daño y gritos de dolor a la víctima. Es decir, la obediencia a las señales de la autoridad bloquea nuestros criterios de bien y mal y es asombrosamente escaso el número de personas que tienen el valor moral de dejar de hacer lo ordenado. El experimento muestra igualmente que la dignidad de la persona sometida a dicha tortura decrece en la mente de quien la administra cuando se siente respaldada por la “autoridad”. El ejercicio legítimo del poder en sociedades libres y democráticas se debe basar siempre en una suerte de desconfianza estructural hacia el poder y en la imposición de límites al mismo. Eso creemos. Sin embargo en nuestra naturaleza predomina el modelo ancestral y la aceptación pasiva de los errores del poder.
El segundo, el conocido experimento de Asch en los años 50 del pasado siglo, es otro ejemplo de la fuerza de nuestro instinto gregario y muestra la facilidad con la que mentimos para no discrepar de la opinión que creemos mayoritaria sabiendo que la opinión del grupo es falsa. Nada menos que el 37% de las personas lo hacen de modo espontáneo y sin presión alguna. No hace falta esforzarse mucho para imaginar qué sucedería si esta presión fuese coactiva y explícita como está sucediendo en Canadá y otros países donde ya existen sanciones civiles y penales por no usar determinadas palabras en algunas interacciones sociales. Los famosos “neo-pronombres”de género. Es fácil ver que la práctica totalidad de la población optaría por el silencio temeroso –o incluso la adhesión ferviente– evidenciando que en nosotros perdura firme el viejo instinto de las manadas. Rebaños que rechazan violentamente al discrepante como, allá por 1916, nos hizo ver el neurólogo y cirujano inglés Wilfred Trotter en su célebre obra “Instincts of the Herd in Peace and War”.
Ambos rasgos son muy relevantes para entender el importante papel subliminal de los medios de información y su “autoridad” en el establecimiento de la opinión. Y están de plena actualidad hoy cuando nos decimos, sin rubor y comprensivos, que la primera víctima de las guerras es la verdad. Aunque, pensando con más finura, quizás sea más cierto decir que mucho antes del comienzo de las hostilidades físicas la verdad llevaba largo tiempo muerta y hasta enterrada. Si la realidad fuese conocida del público todas las guerras y muchas de las ingenierías sociales que hoy imperan serían mucho más difíciles o no tendrían lugar. Es bastante evidente que a menor capacidad de manipulación de los gobiernos, mayor discernimiento ciudadano y menor posibilidad de guerras entre naciones y menos ingenierías sociales destructivas.
En momentos como los actuales en los que el relato oficial occidental nos habla con inusitada frecuencia de libertad, es oportuno no perder de vista lo que realmente sucede. Y para ello, además de conocer las distorsiones de la información que se nos ofrece, es vital que seamos conscientes de lo que se nos oculta. Aquello que“está pasando” pero nuestros medios no dicen. Es más fácil descubrir lo que hay de cierto en una noticia falsa que imaginar lo que se esconde tras un manto de silencio. A ambas cosas, falsedades y silencios, debemos estar atentos.
En la reciente reunión de la OTAN en Madrid, el pasado mes Julio, esta organización que concentra mucho más de la mitad del gasto militar mundial para menos del 15% de la población, –un dato que impresiona–, incluyó nuestro “espacio cognitivo” como una de las cinco áreas clave de su actuación estratégica. Que una práctica impropia y siempre vergonzante para naciones libres y democráticas pase a ser explícita, me temo que no augura un futuro prometedor.
Doy por sentado que otros regímenes son peores en esta falta de respeto a sus ciudadanos –de esto se trata, de respeto– pero esta no es la cuestión. La cuestión es que, si pretendemos ser verdaderamente diferentes y si la verdad significa algo, no pueden nuestros gobiernos gestionar el monopolio de la misma para mentir–.
Sin embargo y también a propósito de la triste guerra en curso, los gobiernos occidentales han cerrado a sus ciudadanos el acceso a cadenas estatales rusas como RT o Sputnik. Con este tipo de medidas han conseguido que, de toda la población mundial, sólo los ciudadanos de los EEUU y la UE se vean privados de escuchar y ver versiones alternativas de los hechos. Es decir, más de seis mil millones de personas tienen una información de la que no disponemos los aproximadamente mil millones de occidentales.
Otra consecuencia, lógica por otra parte, es que también a primeros de Julio pasado, la UE, por boca del Sr. Borrell, se ha visto obligada a reconocer literalmente que “estamos perdiendo la batalla del relato”. ¿Podemos sorprendernos?
En esta intricada cuestión de la libertad de información, su veracidad y el libre acceso a la misma, cuentan mucho los rasgos de nuestro comportamiento que nos muestran con crudeza los experimentos de Milgram y de Asch. Rasgos del alma que nos demuestran debilidades innatas y nos ayudan a entender que nuestra dependencia de la voluntad y del interés del poder ajeno es un residuo potente de los instintos gregarios que siguen rigiendo nuestro comportamiento.

R. Estévez
Septiembre 2022

¿Qué puedo hacer yo?

Nos encontramos, hoy, con personas que se encuentran tristes, descorazonadas, desilusionadas ante la situación de las sociedades actuales; otras: enfadadas, alteradas, nerviosas buscando por dónde está la solución a unos valores sociales que ven en caída acelerada. No es de extrañar que muchos opten por aquello de contemplar el mundo desde la ventana; que ellos ya no pueden hacer nada, dicen. Estos, desconectan de “lo político” e intentan vivir su vida y que les impacte todo lo menos posible. Otros, buscando qué hacer, optan por la acción por la acción, todo aquello que sea en contra de lo que ven como negativo en la sociedad; son los agraviados, con gran carga de razón en muchos casos, pero cuya exasperación lleva a nunca ver el vaso ni lleno ni medio lleno, siempre vacío. Es difícil reprochar las dos actitudes anteriores; pero, no son constructivas. Por omisión o por sobrerreacción ni ilusionan ni cambian nada. La persona en sociedad debe buscar el Bien Común, el dejar el mundo mejor de lo que lo encontró; la mejora de cada persona en particular y de su conjunto. No estamos aquí para cuidar de nuestro ombligo. Tenemos, cada uno, un deber de intentar dar nuestra pincelada en el cuadro social. Lo que no hagamos se quedará sin hacer; pequeño o grande. Eso supone edificar.

Ante este enfoque, algunos dirán: bien, ¿y yo, qué puedo hacer?; desorientados.

La respuesta fácil, es aquella inmediata: la del corto plazo, aquella que responde a situaciones y problemas concretos y actuales. No me quedo en la ventana viendo el mundo pasar, me muevo, participo. O, no solo me molesto, también intento ensalzar aquello bueno, que aunque pequeño puede brotar.
En este punto, algunos dirán que ya se han movido, han votado a Vox. Porque sienten el desengaño del Partido Popular, que cuando gobierna (y cuando gobierne) solo se preocupa de las políticas económicas –que lo hace bien-; pero que deja pasar la oportunidad de deshacer todas las actuaciones y legislación ideológica de los gobiernos anteriores; estos recuerdan como en sentido contrario el Gobierno de Zapatero-Fernández de la Vega, rápidamente en sus primeros meses, impulsó una agenda ideológica que aun hoy ha quedado –gobierno Rajoy por medio- presente. El PP volverá a dejar esta agenda ideológica, no se ha molestado en negarlo, y ante ello Vox sería la única opción que confronta la batalla cultural.

No nos extrañemos ante esta opción producida por el desencanto, no solo del Partido Popular; también es la opción de segmentos sociales desatendidos y concretos: taxistas, agricultores, autónomos, ganaderos, transportistas, cazadores, obreros en barriadas olvidadas. Acuden a quien da voz a su frustración, como respuesta a ese olvido y marginación que sienten. Se da así la confluencia de la contestación de segmentos sociales con el desengaño ideológico de los que abandonan al PP. Contestación que tiene un componente concreto y actual; desengaño ideológico que tiene un componente de fondo.

Aquí, además, muchos se sienten aún más desesperanzados respecto al componente ideológico del Partido Popular. Algunos dirían que es indefinido; otros, traslúcido, porque no existe; otros, más allá, constatan que participa de la corriente ideológica de lo políticamente
correcto que arrasa en el mundo occidental. Los líderes políticos, llámense Sánchez, Feijóo, Macron o Trudeau, e independientemente del color de sus ropajes exteriores, se inclinan ante unas agendas, semánticas, cosmovisiones, antropologías, dineros, en los que la intrínseca dignidad integral de la persona en sus planos biológico, intelectual, emocional y espiritual se cuestiona, distorsiona o se disuelve difuminándose. Se ven arrastrados consciente o inconscientemente, voluntaria o involuntariamente, presionados o sencillamente dirigidos por esta corriente que nos invade; y saben que si no estás en ella, simplemente no estás o no estarás. Malta cedió, Hispanoamérica está en el fragor de la batalla, Hungría y Polonia veremos…

Parece que ante esta situación, ya no nos planteamos: ¿y yo, qué puedo hacer?, ni gritar, directamente nos sentamos en la butaca a hacer un sudoku rabiando ante nuestra pequeñez.

Pues precisamente es a este punto a donde se quería llegar. Cada uno de nosotros debe actuar, debe participar, es necesario, independientemente de cuál es su aportación y lo aparentemente inútil que pueda ser una mosca para detener un elefante. Sin embargo, el convencimiento profundo de cada uno de ser necesarios para transformar el mundo y dejarlo mejor, de contribuir al Bien Común, es el paso imprescindible para que realmente esto se produzca.

No nos hagamos ilusiones de que son batallas cuyo resultado veremos necesariamente. Quizá nuestra contribución no transforme la sociedad de forma inmediata, pero quizá sí sus resultados permitirán que nazcan nuestros nietos o bisnietos y que, además, lo hagan de unos padres felices porque hay una sociedad donde las personas han tenido la oportunidad de creer en la vida. Perdón, en la Vida.

Esto, que uno puede hacer, pone el foco en un nivel diferente al concreto, actual que inicialmente describíamos. Es el foco del medio y del largo plazo. Cuando nos regalan unas flores y regamos el ramo estamos actuando en el corto plazo; no queremos que se marchiten en unos días; estamos cambiando nuestro sentido del voto. Pero las flores se marchitarán; no tienen raíz, no tienen un contenido ideológico que las sustente. Cuándo nos regalan una maceta con una planta, la podemos regar, podemos abonarla, las flores florecerán varias veces, tiene algún sustrato de ideas; ese es el medio plazo: las propuestas reflexionadas de cambios normativos, la motivación a unos adolescentes, la confrontación pausada y sin complejos de temas difíciles. Si ya plantamos un árbol en tierra fértil, ni regar casi hace falta, estamos edificando sobre cimientos profundos que el vendaval diario no se llevará.

Pero sin duda el foco del medio y largo plazo es difícil. No es convencer y dar una papeleta de voto a un elector: es que tenga la oportunidad de formarse como persona, tener valores, libertad y responsabilidad; y que, con la verdad buscada, tener criterio propio para elegir el mejor voto o decisión posible, ya sea en Barcelona, Lima, Manila o Pamplona. No solo mañana, también pasado mañana.
Es laborioso remar cuando el objetivo se ve lejos. Sin embargo hay que ser consciente de que existen multitud de herramientas y acciones a mano; para todos los caracteres, posibilidades, capacidades y disposiciones. Habrá quien dé una charla en un colegio, quien promueva proyectos sanos de unos jóvenes, quien proponga en una comunidad de vecinos, quien se

oponga con alternativas y sin vergüenza en una asociación, quien ilusione formando, quien ilumine con criterio al desorientado, quien dé ejemplo participando, quien lidere con sacrificio propuestas, quien organice colectivos, quien aporte esfuerzo, quien aporte financiación, quien tenga personalidad para señalar cuando la brújula se vuelve loca, quien coordine voluntades, quien señale caminos.
¿Y yo, qué puedo hacer? Preguntarse ya es un primer paso, ser consecuente otro más. Sin embargo, después, hay más preguntas:

¿y con otros como yo, juntos, qué podemos hacer?

LA UTILIZACIÓN POLÍTICA DEL DERECHO: DE DEMOCRACIA A DESPOTISMO

Las relaciones entre política y derecho no han sido pacíficas a lo largo de la historia. Política y derecho atienden primordialmente a la vida en sociedad y la relación es manifiesta.

 

Ejemplo de ello se encuentra en la obra Política, de Aristóteles. Política y derecho no tendrían razón de ser si se ven como elementos separados, desde la perspectiva de Aristóteles.

 

Como resultado de acontecimientos históricos como la pérdida del dominio político de Atenas y la debacle de Roma, la visión de unión entre de derecho y política se ve debilitada. Maquiavelo niega que esa relación sea necesaria. Hobbes también cree que existe, pero afirma el predominio de lo político.

 

Prescindiendo de otros antecedentes más remotos, a principios del Siglo XX, Kelsen postulaba un orden de derecho constituido por normas que derivaban de una norma fundamental. El Estado se confundía con el orden jurídico presidido por la norma fundamental. Y el derecho se aplica sin abrir juicio alguno sobre el contenido moral o ético del mandato.

 

Y Carl Schmitt, asumiendo el pensamiento en los antecedentes de Maquiavelo y Hobbes, propugna que el concepto legal de Estado es ajeno a la idea de la política porque la norma nos dice únicamente cómo se debe decidir, no quién debe decidir.

 

Pensadores como Max Weber, nos advirtieron sobre el proceso de desformalización del Derecho, como consecuencia de las transformaciones en la esfera pública. Los años que siguieron al trabajo de Weber estuvieron marcados por una lucha política e intelectual tensa sobre la capacidad del Rechtsstaat para hacer frente a los nuevos desafíos impuestos a la Constitución Weimar, una <<constitución sin republicanos>> o una <<democracia sin demócratas>>, cuando no pudo evitar legalmente el ascenso al poder de un líder que reclutó las adhesiones de un pueblo en una << república sin republicanos>>.

 

Hayek responde a las perspectivas escépticas afirmando una concepción sustantiva del Derecho, una noción estricta de la separación de los poderes y la existencia de derechos para garantizar el ámbito privado.

 

El principal problema de estas y otras formulaciones teóricas de dicha concepción es que el Estado de derecho quede cautivo dentro de un ideal político determinado. Y el riesgo es que el derecho pasa a ser el canal de expresión del poder como modo de acción real y la democracia se convierte en una expresión del despotismo de la mayoría.

 

Cuando la democracia es un engendro de despotismo la política imprime una dirección ideológica, una intencionalidad determinada, una orientación específica a los instrumentos jurídicos, de forma que, una vez sancionada la norma jurídica, la política realiza un uso interesado del sistema normativo. Entonces el riesgo evidente es que el derecho que regula y controla el ejercicio del poder legítimo, con mecanismos reactivos contra los excesos y abusos en que éste pudiese incurrir cede ante una política que amenaza al derecho mediante acciones antijurídicas que comprometen su unidad y eficacia. Y el resultado es que la política se evapora en el caos.

 

 

 

Desde que el actual Gobierno, con unos aliados que cuestionan la existencia del régimen de 1978 al no reconocer la soberanía del pueblo español, está al frente del poder ejecutivo con el apoyo de partidos desleales, con los que se encuentra en una situación de mayor proximidad que con aquellos que defienden nuestro sistema constitucional, el derecho se ha convertido en un escenario de disputa político-ideológica en la que se juegan importantes apuestas para comprometer el orden vigente.

 

La primera evidencia de esta situación la labor ingeniería social de este Gobierno que con su interpretación de la realidad tiene como objetivo implantar un proyecto de demoler un Estado a través de leyes que contravienen los valores superiores en los que se asientan nuestro ordenamiento jurídico.

 

Un claro ejemplo de lo anterior es la Ley Educativa con sus indecente e ilegítimo uso semántico de la inclusión, y que es un atentado a lo que debe ser el derecho a la educación para el pleno desarrollo de la personalidad en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades. Y, por supuesto, las leyes de actualidad del llamado Ministerio de Igualdad, “para una nueva generación de derechos feministas” (sic).

 

Y no sólo en su función de iniciativa legislativa, sino que en ejercicio de su función ejecutiva nos hemos acostumbrado a contemplar atónicos a un Gobierno que con desviación de poder ejerce las potestades para un fin distinto del previsto en el ordenamiento jurídico.

La prueba evidente de esto último está en la acción de un Gobierno que no presta la atención debida a las resoluciones judiciales. Así fue, con la concesión de indultos a quienes han sido condenados por el Poder Judicial por un intento de golpe de Estado llevado a cabo entre septiembre y octubre de 2017 en Cataluña. Y por supuesto, continúa en la actualidad en la concesión de beneficios penitenciarios a ex miembros de una banda armada, que usaron de la fuerza y el asesinato para conseguir sus fines, sin que hayan mostrado el más mínimo arrepentimiento ni colaboración con la justicia. Y por no hablar de la pasividad ante los atropellos del gobierno separatista catalán al castellano como la lengua española oficial del Estado y que todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla.

Entre política y derecho hay una interdependencia cuyo elemento común es el concepto de poder. La acción política se materializa por medio del derecho y el derecho que pone límites a la acción política aparece como elemento legitimador del poder político. Y aquí entra en juego el elemento clave: la legitimidad del poder. En ese momento la relación se invierte y es el derecho el que legitima el poder político.

 

Ahora bien, la única manera de evitar los excesos del poder es la de establecer límites a su ejercicio, y solo es posible si se piensa en ese poder en términos normativos. Esto supone que el poder político, especialmente el del gobierno, se diseñe de manera condicionada, lo que implica que sólo pueda actuar justificadamente por medio del derecho, y esto sólo es legítimo si respeta como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político tal como proclama la Constitución de 1978 y garantiza la dignidad de la persona, los derechos que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás que son fundamento del orden político.

 

Afirmaba Locke que el poder político no es legítimo si va en contra de ciertos principios jurídicos. Y decía Montesquieu:<<Nada puede ni debe estar por encima de las leyes que rigen una sociedad>>.

 

PREMIO GRUPO TÁCITO 2022

​Para recordar la memoria del grupo “Tácito”, nacido en el seno de la Asociación Católica de Propagandistas en la década de los 70 y de influencia decisiva en el proceso de transición a la democracia en España, el Instituto CEU de Estudios de la Democracia, convocó por tercer año el Premio GRUPO TÁCITO para Trabajos de Fin de Grado.

Finalizado el plazo de presentación de proyectos el pasado mes de octubre, el tribunal, compuesto por miembros  del Aula Política del Instituto CEU de Estudios de la Democracia, ha juzgado los trabajos y determinado el ganador de las diferentes categorías. De esta forma, los afortunados han sido:

  • Premio Grupo Tácito en la categoría de Arquitectura e Ingeniería a Carlos Palomo Rey, de la Universidad CEU San Pablo. Por su trabajo de fin de grado titulado: “Desarrollo de un Sistema para el procesamiento de memorias biográficas, basado en técnicas de procesamiento de lenguaje natural: tecnología al servicio de las personas y de sus recuerdos”. Dirigido por el profesor Guillermo de la Calle.
  • Premio Grupo Tácito en la categoría de Comunicación y Humanidades a Ramón Clemente Pérez Valiente, de la Universidad CEU Cardenal Herrera. Por su trabajo de fin de grado titulado: “El discurso ideológico en la radio: la moción de censura de Pedro Sánchez análisis de Hora 25 (SER) y La Linterna (COPE)”. Dirigido por el profesor Yordi Pérez LLavador.
  • Premio Grupo Tácito en la categoría de Ciencias de la Salud a Francisco Jesús Morales Mateos, de la Fundación San Pablo Andalucia CEU. Por su trabajo de fin de grado titulado: “Exclusión social, Nuevas tecnologías y Educación física”. Dirigido por el profesor Zacarias Adamez García.
  • Ha quedado desierto el Premio Grupo Tácito para Derecho y Economía.

Link al vídeo del evento: https://youtu.be/DtIhsdsdXIo

 

 

 

 

 

 

 

 

CURSO DE VERANO EN MARBELLA 2022

Fotos del curso realizado en Marbella el 21 y 22 de julio de 2022 sobre la «La transición española como referente: legado y perspectivas» por el Instituto de la Democracia de la Universidad CEU San Pablo.

Durante el acto del día 21 de julio de 2022 por la mañana participaron como ponentes: José Manuel Otero Novas, ex ministro de la Presidencia y de Educación; José Rodríguez de la Borbolla, ex presidente de la Junta de Andalucía; Fernando Suárez, Exvicepresidente del Gobierno y ex ministro de Trabajo y Soledad Becerril Bustamante, ex alcaldesa de Sevilla y Defensora del Pueblo. Como moderador participó Bieito Rubido Ramonde, director de El Debate.

Durante el acto del día 21 de julio de 2022 por la tarde, donde presentaron el libro sobre el “Grupo Tácito” y la Transición, los ponentes fueron: José Manuel Otero, ex ministro de la Presidencia y de Educación, miembro del Grupo Tácito; Marcelino Oreja Aguirre, ex ministro de AAEE, miembro del Grupo Tácito y Pablo González-Pola de la Granja. Editor del libro Grupo Tácito, Director del Instituto CEU de Estudios de la Democracia. La moderadora en este acto fue María Jesús Lago, directora del Centro de la Transición Española, Universidad San Pablo CEU.

Por último, el día 22 de julio de 2022 por la mañana participaron en la ponencia: José Alberto Parejo Gamir, Rector Universidad CEU Fernando III, Sevilla; Ignacio Camacho López de Sagredo, periodista; Benigno Pendas, director de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y catedrático de la USP-CEU y Juan Carlos Rodríguez Ibarra, ex Presidente de la Junta de Extremadura. El moderador fue Pablo Sánchez Garrido. Director del Centro de Patrimonio Cultural Español y Profesor de Pensamiento Político, Universidad San Pablo CEU.

La clausura del acto la realizó Mª Ángeles Muñoz, alcaldesa de Marbella.

 

Monárquicos o juancarlistas

A muchos que nos seguimos considerando juancarlistas, por agradecimiento a su persona, nos resulta muy doloroso contemplar el «exilio» de un gran español

En sus interesantes memorias tituladas Trayectoria política de un ministro de la Corona, Alfonso Osorio refiere una conversación con Adolfo Suarez poco después de haber sido designado por Don Juan Carlos como presidente del Gobierno. Un tanto abrumado por la responsabilidad de devolver la soberanía al pueblo español, Suárez le pregunta: «Alfonso tú qué eres más ¿monárquico o juancarlista?». Osorio le contesta que es juancarlista por ser monárquico, ya que Don Juan Carlos representa la continuación de la Monarquía tradicional y Suárez le confiesa que se siente más juancarlista que monárquico.

Los que vivimos la transición y hemos estudiado este interesante periodo de la historia de España pensamos que la mayoría de los españoles, de aquella época y de ésta, se sienten más juancarlistas o felipistas que monárquicos en el sentido literal de la palabra. Y esto es algo que debe tenerse muy en cuenta.

Los que no vivieron ese ilusionante momento de transición, no tienen más que leer las memorias de los grandes protagonistas de las mismas, las del mismo Osorio, José Manuel Otero Novas, Marcelino Oreja o Juan Antonio Ortega y Díaz Ambrona, entre otros, para comprender los extraordinarios servicios prestado a España por Don Juan Carlos. Él fue el auténtico piloto del cambio, en palabras del historiador Charles Powell. Don Juan Carlos, con la ayuda inestimable de personajes singulares como Torcuato Fernández-Miranda, el propio Suárez, Sabino Fernández Campos y otros muchos, impulsó desde el principio y con bastante riesgo personal el proceso político que asombró al mundo y sirvió de referencia a otros países en su tránsito de la dictadura a la democracia. No sólo salvó a esta la noche del 23F de 1981, porque para ello, para conseguir que todos los altos mandos militares cumplieran sus órdenes aquella célebre madrugada, Don Juan Carlos se había ganado con esfuerzo y durante años, la confianza de la gran mayoría de los componentes de las Fuerzas Armadas. Su prestigio entre los militares era muy alto. Probablemente, después de Alfonso XII, Don Juan Carlos podría haberse ganado el apelativo de «el Rey soldado».

A poco que se profundice en la biografía de Don Juan Carlos se puede concluir que la suya no ha sido una vida fácil. Las relaciones con su familia y sobre todo con su padre, Don Juan de Borbón llegaron a ser muy tensas, con el consiguiente sufrimiento por ambas partes. Tampoco pudo sentirse muy bien en el régimen del general Franco. Los desplantes fueron constantes por parte del falangismo más radical. Sin embargo, probablemente desde el momento en que fue designado sucesor a título de Rey, Don Juan Carlos tenía claro que debía serlo de todos los españoles y comienza sus contactos con personas que desde dentro del sistema comprenden que la evolución hacia la democracia era inevitable una vez fallecido el Dictador. Contactos que también se extendieron hacia la oposición más o menos moderada. Por todo ello, pienso que la tremenda penitencia que Don Juan Carlos tuvo que sufrir por su conducta, para muchos reprobable, fue la abdicación. Probablemente nunca estuvo en sus planes no morir en el trono y en la España por la que tanto trabajó y sufrió. Por ello, a muchos que nos seguimos considerando juancarlistas, por agradecimiento a su persona, nos resulta muy doloroso contemplar el «exilio» de un gran español.

No es nada extraño que, a separatistas, antisistema y consentidores, ahora con responsabilidades importantes, les moleste tanto la figura de Don Juan Carlos, como el propio recuerdo de la Transición. Atacar la figura del Rey Juan Carlos es perjudicar a la Monarquía, una de las pocas instituciones que mejor representan a España como nación. Por eso a los golpistas catalanes de octubre de 2017 les sentó tan mal que el Rey Felipe les llamara desleales en su discurso del día 3. Intervención Real, por cierto, que a muchos nos recordó la de su padre la noche del 23F, porque el Gobierno de 2017 también parecía secuestrado por los insurrectos. Y fue deslealtad porque no fueron leales al pacto de la Transición en el que, a cambio de la autonomía y el Estatuto, renunciaban a la independencia, tal y como nos explicó el expresidente de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra a los asistentes a un curso que sobre la Transición celebramos a finales de julio en Marbella.

Quiero resaltar aquí un párrafo de la carta que Don Juan Carlos nos envió hace unos meses con motivo del homenaje que ofrecimos, desde el Instituto CEU de Estudios de la Democracia, a los componentes del Grupo Tácito que tanto protagonismo tuvieron en la preparación y primeros pasos de la Transición. Refiriéndose a este periodo, nos decía Don Juan Carlos:

«Fueron tiempos en los que todos supimos aceptar responsabilidades y ponernos al servicio de España –primero– y de la Corona –después– pero, muy especialmente al servicio de todos los españoles».
Y continúa al servicio de todos los españoles, como lo estamos todos los de buena voluntad a quienes nos preocupa mucho, en estos momentos, España. Pero él, Don Juan Carlos, a muchos miles de kilómetros de nuestra Patria.

Debe entenderse bien nuestro juancarlismo, por el bien de España, y de la Corona.

https://www.eldebate.com/opinion/en-primera-linea/20220831/monarquicos-juancarlistas_57057.html

 

LA OPINIÓN PÚBLICA TELEDIRIGIDA

Circula por Internet y, por whatsapp, un pequeño vídeo Tik Tok de 2 minutos que comienza preguntando a jóvenes:  “¿opináis que la vida de todas las criaturas y de la flora es igual de importante y debería defenderse?” Las respuestas van desde el “Sí, claro”, “por supuesto”  a   defender “el derecho a la vida de todos los seres que sean sintientes

Medio minuto más tarde se pregunta “¿qué opináis que se sacrifiquen perros porque no hay un hogar dónde acogerlos?” y, las contestaciones incluyen varios “fatal, fatal”, se llega a pedir “tolerancia cero” o señalar que es “increíble que se consienta en España el asesinato de perros y gatos en perreras” o recalcar que es “espeluznante”.

A mitad de vídeo se interpela: “En este sentido, también entonces ¿ves mal que haya mujeres que aborten porque el Estado nos les destine recursos suficientes para mantener a los niños que vayan a tener?”. En ese momento se produce un cortocircuito en la mente de los defensores de los animales… y  un “mmmm… yo, es que depende de la situación…”, “al final es tu decisión”, “si un niño no puede tener una vida guay, si no va a poder tener un futuro…”

Cuando la entrevistadora señala la contradicción, el empecinamiento pro aborto llega a escudarse en que “es distinto”, aunque no se sabe explicar el porqué es distinto. Este “cacao mental” es fruto de un adoctrinamiento pro aborto y de una defensa a ultranza de los animales. Es una clara incongruencia defender la vida de los animales y que se vea como normal destruir vida humana en su estadio más vulnerable.

A esto hemos llegado después de una larga campaña pro aborto que ha transformado a una opinión pública anti aborto a otra pro aborto o, al menos, pasiva. Detrás hay mucha estrategia, ideología defendiendo el control de la natalidad, batallas legislativas con leyes bárbaras, -tal y como hemos señalado en este medio-, propaganda, muchas veces oculta; manipulación y fake news, incluso perversión del lenguaje.

La campaña comienza afirmando que la criminalización del aborto es mala porque pone en riesgo vidas, (evidentemente no se incluye la vida del feto). Incluso se exageran las cifras de mujeres muertas por la práctica de abortos ilegales. Se sigue con que es un derecho “fundamental” de las mujeres, se justifica porque “mi cuerpo es mío y hago con él lo que quiero”, ‑aunque por otro lado se criminalizan los vientres de alquiler‑ o “el derecho de las mujeres a decidir”. Del derecho a la privacidad se pasa al derecho a la salud, tanto física como mental que llega hasta la comodidad. Se termina con el derecho a la salud reproductiva. Desde una posición menos comprometida se sostiene que se trata de un asunto de mujeres, en donde es mejor no meterse, que es una forma de solucionar muchos problemas en el futuro de una chica joven, o de una mujer madura que no puede mantener a un hijo más.

Y no podemos olvidar el dinero. Existe un gran negocio, porque las clínicas abortistas mueven mucho dinero. La mayoría de los abortos, en torno al 86%, se realizan en centros privados y, de ellos, poco más del 6% en hospitales. Eso significa que las clínicas abortistas privadas tienen el 80% del negocio.  Como botón de muestra: destruir un embrión humano de hasta tres meses cuesta 345 con anestesia local y 450 con anestesia general.  Eliminar un feto de 5 meses y medio son 1.655 euros, si se trata de una micro cesárea se dispara a 3.500 euros. Y el número de abortos en España al año ronda los 100.000. Cada año se destruyen más vidas que toda la población de Santiago de Compostela. Calcúlese el negocio. Pero además: ¿qué ocurre con los restos? Placenta, cordón umbilical, embriones enteros o partidos y los restos fetales son codiciados para distintos usos.

Es cierto que desde movimientos pro vida se realiza una labor de información y de apoyo a las madres embarazadas que no quieren tener a su hijo. Incluso esa labor se realiza a las puertas de los centros de “interrupción del embarazo”. Cuando esas personas consiguen que una mujer cambie de opinión y nazca su hijo, la enorme satisfacción les acompaña cada vez que en la calle se cruzan con un niño, una niña o un bebé que sonríe o llora. La última ley bárbara es la Ley Orgánica 4/2022, de 12 de abril, que modificó el Código Penal para castigar a esas personas con prisión y posible prohibición de circular por determinados lugares. En definitiva se trata de que no se perjudiquen el negocio de las  clínicas abortistas.

Pero el interés político de la izquierda que corrompe valores tan importante como el respeto a la vida humana llega a defender y proponer el derecho a abortar incluso de menores de edad, sin necesidad de autorización de sus padres. Como ya se ha señalado en la prensa, una chica de 16 años para ir de excursión con el colegio necesita una autorización de sus padres, a veces de los dos y; para ir a abortar, no será necesario ni decírselo a sus padres.

Los seres humanos tenemos una gran capacidad para auto justificarnos o no querer ver las barbaridades que existen a nuestro alrededor. Hemos pasado de una opinión pública contraria al aborto a justificarlo, aun admitiendo que puede sacrificarse a un embrión con figura humana, que siente y está indefenso, pero no a un perro. Hay un argumento esencial: solo miren las imágenes tomadas en el vientre materno y opinen si ahí hay vida humana o no.

Porque la vida es importante, más importante en una sociedad envejecida como la nuestra. Si queremos hacer algo, podemos desde apoyar a alguna de las muchas organizaciones próvida y apoyar las propuesta próvida, tal y como se hizo en la manifestación del 26 de junio. Después, cuando se crucen con un niño en la calle y lo vean sonreír piensen que parte de esa sonrisa es también suya.