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Colaboración: «La UE a comienzos de 2026. Una perspectiva y cuatro reflexiones»

La UE a comienzos de 2026. Una perspectiva y cuatro reflexiones.

Por: Ramón Estévez.

Pocas dudas quedan de que el futuro europeo no es brillante. Sabemos que las responsabilidades son, fundamentalmente, nuestras. Entender las causas es el primer paso para alterar el rumbo en la dirección del progreso humano y material de una Europa milenaria.

Vivimos hoy eventos nacidos  desde la reunificación de Alemania en 1991. El más grave es la guerra en Ucrania. Una guerra predecible  desde el golpe de estado de 2014. Hoy, desde el regreso del presidente Trump, sabemos que aquello fue otra operación de “cambio de régimen” financiada con 5.000 M$ de USAID dirigida por Victoria Nuland; la responsable de Europa en el Departamento de Estado. El resultado del derribo de Yanukovich fue la anexión incruenta de Crimea por Rusia y la rebelión de Donetsk y Lugansk a los que el nuevo régimen de Kiev pretendió integrar en su proyecto nacionalista con la desaparición oficial de la lengua rusa y de la religión ortodoxa.  Tras ocho años de bombardeos  y 14.000 civiles muertos, Rusia entra hasta Kiev y logra un “acuerdo” en Marzo del 22.

Aquel “preacuerdo de Estambul” fue exitosamente bloqueado por Inglaterra y los EEUU de la mano de Boris Johnson y el presidente Biden. Prometieron a Zelensky el célebre  “whatever it takes” y hoy vemos que Zaporiyia y Jerson, tras los correspondientes plebiscitos, se incorporan a la Federación Rusa.

Desde entonces, más de 6.000 empresas occidentales  han paralizado sus operaciones en Rusia, se han cortado los vuelos y comunicaciones terrestres, se han bloqueado canales televisivos y decretado  19 rondas de sanciones a Rusia.

Javier Solana aclaró en Madrid, el 7-3-22, que el coste de dichas sanciones sería para nosotros “tres veces” el de los rusos. Realmente se ha quedado corto. Rusia sigue creciendo en torno al 4% mientras la UE ronda con dificultad el 1%.

Con todo, el resultado más serio para la UE es el coste de la energía. La voladura del Nord Stream y el final de las compras de gas a Rusia —hoy sustituido por GNL de los EEUU a más de tres veces al precio anterior  y sin contar los costes logísticos y de procesamiento asociados— están destruyendo la industria de la UE.

Llevamos así varios años con industrias alemanas dislocándose a China y a los EEUU. Caso de BMW a Carolina del Norte o de una VW casi en desaparición fabril en Europa también por una regulación hiperventilada. El resultado es un 1% mensual de reducción de exportaciones industriales de Alemania. Cada mes de 2025. El declive se trata de compensar  con mayor producción militar.

La guerra de Ucrania es fruto de lo sucedido desde la reunificación Alemana aceptada en su día por Rusia por la promesa occidental, luego incumplida, de no mover la OTAN hacia el Este. La mayor parte de los análisis de la guerra en Ucrania nos hablan de una victoria rusa en ciernes y una retirada parcial de los EEUU mientras la UE se prepara  para enfrentarse a Rusia en 2029 y el presidente Trump opta por ser proveedor de armamento y de inteligencia.

Las decisiones tomadas por la UE en relación a esta guerra, desde las 19 rondas de sanciones a la reciente amenaza de apropiarse de los fondos soberanos rusos depositados en Bélgica o a la cancelación de las compras energéticas a Rusia, han ido en detrimento de los ciudadanos europeos y de la reputación de la UE.

La puntilla es la paulatina destrucción de nuestra industria por los aranceles asimétricos que obligan a la industria europea a trasladarse a los EEUU. Fabricamos allí lo que luego importamos.

Por todo ello, no pocos europeos comienzan a cuestionarse tanto la incorporación a la UE como al Euro.

En el caso de España, hemos pasado al puesto decimo quinto en el ranking económico desde el noveno que en su día ostentamos. La UE pasa del 30%  del PIB global a menos del 14% y se proyecta una caída al 9% a quince años vista.

Todo ello sucede como en un lapsus  freudiano olvidando que  llevamos 30 años acercando a Rusia “nuestra OTAN” —y devaluando nuestra palabra con   aquella promesa de “not one inch” hacia el Este. Como si no supiésemos que la   credibilidad se construye gota a gota y se  pierde a chorros. Quizás sea tiempo de preguntarnos si el viaje valió la pena.

Nuestro recordado Dalmacio Negro solía decir que la cúpula de Bruselas era un entorno con pulsiones, políticas y actos de naturaleza “soviética”. Los ejemplos son  frecuentes: intromisiones en la privacidad y libertad de expresión, el euro digital, censuras varias y hasta sanciones fuera del circuito judicial. España y otros cuatro países están ante el TJUE por no implantar censura y vigilancia en las redes.

Vemos pues que desde una organización elegida por dos o tres partidos y países, nacen Leyes restrictivas de las libertades –como la Ley de Servicios Digitales frontalmente rechazada por la Administración de los EEUU como una intromisión en las libertades de los usuarios de sus grandes corporaciones y de estas mismas.

Recordemos el decálogo de libertades  expuestas por el vicepresidente Vance sobre la necesidad estratégica y estructural de un entorno libre sin fisuras. Y recordemos también  el gesto airado de los mandatarios europeos al oírlas.

Mientras tanto, Thierry Breton, el ex Comisario impulsor de esta Ley, acaba de ver la suspensión de su visado para entrar en EEUU.

Las reflexiones anteriores nos llevan a plantarnos algunas cuestiones.

La primera… ¿es la UE viable? Veamos:

  1. Tenemos un nivel adicional de gobierno y unos costes estructurales que no tiene ninguno de nuestros competidores. La Comisión se centra en su papel Regulador. El reciente fiasco de la IA habría hecho las delicias de Unamuno. EEUU y China desarrollan, nosotros regulamos.
  2. Los más altos costes fiscales del globo que lastran cualquier producción. El desglose de costes de cualquier producto europeo nos dice que el 65/70% de ellos son impuestos. Al menos un 20% más que EEUU o Japón. Y ello sin hablar del enorme diferencial de coste energético.
  3. La UE está a la cola tecnológica de los grandes bloques globales. Según la OMPI, la UE genera menos Patentes y Procedimientos Registrables que Corea del Sur. China produce ya un 40% de la propiedad intelectual global, EEUU cerca del 20%, Japón un 10%, Corea un 6.7% y… Europa un 5.7%. Caros y a la cola tecnológica.

La segunda cuestión tiene que ver con lo que decía Dalmacio Negro acerca de las tendencias de la Comisión. Su propensión al control y a la creación de entornos destructivos de la privacidad ciudadana. Con el agravante de que hoy día, el Estado sí dispone de los medios tecnológicos para el  control total de cada instante de la vida de sus ciudadanos. Esto, ni es democracia ni permite hablar de libertad. Súbditos vigilados.

El tercer asunto está relacionado con el  último libro de la Democracia en América de Tocqueville.  Setenta páginas sobre “Le despotisme démocratique”. El final de este sistema según dicha obra es el empobrecimiento colectivo y el despotismo que estamos viendo crecer. La pauperización está servida por reducción de parte importante de la razón de nuestra prosperidad: la libertad individual.

Por último una reflexión sin duda compartida.

Europa ha borrado sus raíces cristianas sin apenas encontrar resistencia. En Lisboa se elevó la masonería al rango de religión y la izquierda gramsciana –Laclau y Mouffe– ha renovado los esfuerzos para “cancelar” nuestra cultura.

Desde la propia Comisión europea se viene promoviendo la cancelación de la cultura cristiana. Estamos viendo la transformación de la Navidad en festejo multicultural sin raíces. Hace muchos años, en reuniones sobre temas estratégicos en los EEUU, escuché la palabra “Eurabia”.  Hoy vemos que la islamización europea es rápida y  financiada por nuestras instituciones.

¿Cuánto de ello es casual y cuánto diseño?

Arnold Toynbee nos advertía en su extensa obra, hoy casi olvidada, que en los declives civilizatorios inducidos por élites parasitarias, éstas recurrían invariablemente a reemplazar su poblaciones originarias por otras que les parecían más manejables. Alguien no está interesado en nuestra supervivencia cultural y, lamentablemente, no tiene oposición.

Editorial: «Tres años sin presupuestos»

Tres años sin presupuestos

En diciembre de 2022 se aprobaron los presupuestos anuales que actualmente, en 2026, están en vigor. No se han aprobado más desde hace tres años. España es el único país de la Unión Europea que mantiene presupuestos obsoletos. Algunos, como Francia, Alemania y Bélgica, aprobaron con meses de retraso, sus presupuestos del 2025, prorrogando durante ese periodo los del 2024. En Francia, provocando la dimisión de varios gobiernos. Pero, nosotros estemos todos tranquilos, normalidad nos dicen.

Una sociedad necesita del buen gobierno. Esto significa, en gran medida, conocer y acordar sus ingresos y gastos; lo que al ciudadano se le va a exigir y cómo se va a utilizar. Estos, que llamamos Presupuestos Generales del Estado, son imprescindibles para un gobierno que funcione bien. Sin ellos, el primer paso de su ejercicio como ejecutivo no está dado. Sin presupuestos aprobados un gobierno debe dimitir.

En primer lugar, el parlamento ha tenido una de sus fundamentales razones de ser, en la aprobación de impuestos para cubrir los gastos en los que se embarcaba el reino. Desde el inicio del parlamentarismo, las Cortes de León de 1188, en sus Decreta, ya establecen las garantías necesarias para la fijación de los impuestos. A lo largo del tiempo, las cortes y parlamentos, de forma continua y permanente, mantienen la misión de fiscalizar los impuestos o ingresos del reino y la adecuación de los gastos que los requieren. Es decir, la historia nos señala, cómo las sociedades y los ciudadanos buscan conocer qué se les exige y para qué, suponiendo en muchos casos desacuerdos y enfrentamientos, dada su importancia y consecuencias. Siempre se ha apreciado al buen administrador, y para evitar el daño que producen los malos administradores se les ha pedido rendir cuentas o por lo menos validar los criterios que usarán en su gestión. El presupuesto anual, que es donde se recoge hoy esta inquietud y necesidad, lleva consigo un escrutinio necesario y sano para el buen orden social. Por ello, es imprescindible aprobar regularmente unos presupuestos y controlar así a los gobiernos.

En segundo lugar, existe en España, como en otros países, una obligación de tener unos Presupuestos Generales del Estado aprobados. La Constitución recoge esa obligación. Deben ser presentados antes del 1 de octubre del año anterior. No deja de ser más que sentido común que un gobierno, con tiempo, presente su propuesta para que se puedan sopesar y aprobar antes de que empiece el ejercicio. Es una anormalidad jurídica y política no tener los presupuestos validados antes de finalizar el año precedente. Que la Constitución recoja la prórroga automática no deja de ser una previsión para que, aún iniciado el año y de forma extraordinaria, se apruebe el presupuesto. No es un comodín para no presentar, ni aprobar los presupuestos legalmente exigidos. Es una anomalía política grave prorrogar presupuestos de varios ejercicios anteriores.

En tercer lugar, la economía de un país necesita conocer cuáles serán los ingresos y gastos previstos. Por un lado, da una necesaria imagen exterior de país serio; por otro, supone controlar el exceso de gasto o el desvío del mismo. No ya las empresas, grandes o pequeñas, también cualquier familia, en función de sus ingresos y gastos previstos, modula, en la medida de lo posible los mismos, y lo intenta hacer con antelación. El presupuesto supone la correa adecuada de transmisión financiera de las políticas de un gobierno. El peso del presupuesto público en la economía nacional es tan elevado que repercute fuertemente de forma directa en todos los actores económicos, y en todos los ciudadanos. El gasto público desmedido ha convertido a los estados en hiedras insaciables que tienden a justificarse a sí mismas, lo que eleva la importancia de su restricción. Sin presupuesto, el funcionamiento gubernamental no puede ser el correcto y repercute negativamente en todos. Y, lo que es peor, hace desvanecer su control y transparencia, facilitando prácticas no deseables.

¿Podría existir una justificación a la no presentación de presupuestos? Una justificación sería que los nacionalistas no se llevarían su botín en la habitual subasta de exigencias en la negociación de presupuestos; y, otra, preguntarse para qué dimitir si la situación volverá a repetirse después de las elecciones, generando aún más inestabilidad. Es cierto, que el  imperfecto mecanismo de aprobación de los presupuestos otorga una enorme ventaja a las minorías nacionalistas. Esto ha sido estudiado por foros de prestigio y existen propuestas técnicas que pueden reconducirlo en adelante. Sin embargo, las dos justificaciones no dejan de ser una excusa para no cumplir la Ley. Que los fines señalados nos pudieran parecer buenos, no implica que el medio, en este caso el incumplimiento de una obligación legal, sea admisible. Si aceptamos, que el Gobierno pueda saltarse una obligación, porque lo considere mejor, dónde queda el control de lo que puede hacer. ¿Y quién es un gobierno para decidir sobre la bondad o no de la necesidad de aprobar unos presupuestos?

La falta reiterada de presupuestos es una desviación muy seria en el funcionamiento de la democracia española en 2026. Que se acepte, es preocupante. Los presupuestos son uno de los pilares que legitiman que un ejecutivo pueda gobernar. Carecer de presupuestos, desde diciembre 2022, y mantenerse en el gobierno es una negligencia grave; además, una falta de compromiso mínimo con el ciudadano español, que no lo debería permitir.