La Autarquía que viene o la necesidad de hacer

La Autarquía que viene o la necesidad de hacer. 

por Ramón Estévez

Estas páginas exponen dos de los principales problemas de Europa y de España. Llevan décadas con nosotros, apenas se habla de ellos y no son solubles a corto plazo. Sin embargo es imperativo abordarlos si queremos evitar que la pérdida de peso global de la UE siga creciendo y se haga irreversible. De modo muy resumido se trata de las consecuencias de nuestra dependencia geopolítica y de la importante pérdida de nivel tecnológico.

A comienzos de 2025  entrábamos en el cuarto año de la guerra de Ucrania, el presidente Trump arrancaba su segunda legislatura amenazando al mundo con aranceles. Alemania, hundida por las propias sanciones europeas a Rusia, languidecía al tener que renunciar al mercado ruso y a su energía a precios razonables. Sin otras opciones, su industria se trasladaba discretamente a los EEUU o sopesaba la posibilidad de hacerlo. Alemania no podía mantener su competitividad  y se veía en la tesitura de comprar más energía a los EEUU y de mantener las centrales de carbón a toda máquina amén de liquidar sus propias centrales nucleares. Un conjunto de circunstancias difíciles de explicar desde un proceso decisorio racional.

El resto de Europa, bajo una Comisión obsesivamente reguladora, continuaba su largo declive bajo una fiscalidad destructiva. La idea de que toda fiscalidad es un coste macroeconómico no terminaba de entrar en las acomodadas mentes de sus políticos.

A su vez Úrsula Von der Leyen se preparaba para explicar que tendríamos que pagar la reconstrucción de Ucrania mientras Trump y Putin pactaban por su cuenta el fin de  de la guerra. Europa, ausente de las decisiones imperiales, se mostraba incapaz de liberar las energías de sus casi quinientos millones de habitantes cada vez menos libres y más regulados. Desde los tapones de los envases hasta los desarrollos de Inteligencia Artificial. La ciudadanía, mal informada por sus “medios”, no era consciente de estar al borde del precipicio que ocultaban la prensa y  el prudente Informe Draghi.

Tras la terrible legislatura “woke” del tandem Biden-Harris, arranca  el mandato de Trump con la promesa de reconstruir una América grande. Con sus formas estentóreas, Trump reiteraba  lo que ya venía sucediendo desde la presidencia de Biden: que el traslado de empresas  desde la UE era  incentivado por la Casa Blanca. Y si Europa no se defendía…”allá ella” en versión discreta del feo improperio de Victoria Nuland en aquel Maidan financiado por fondos del USAID. Europa vivía en el olvido terapéutico de la voladura del Nord Stream pero ya comenzaba a ser consciente de que su declive sería en soledad.

Así las cosas, la primera gran prioridad es reconocer nuestra suicida dependencia de los EEUU. Una circunstancia que nos exige reaccionar para que los intereses geoestratégicos norteamericanos dejen de ser la brújula que orienta y subordina los nuestros.

Es igualmente crucial sacar a la luz pública el otro grave problema: nuestro largo declive tecnológico fruto, también, de la ya citada dependencia desde la postguerra.

En efecto. Unas semanas antes del comienzo de las restricciones mundiales a causa del Covid, un organismo de la ONU, la Oficina Mundial de Propiedad Intelectual (OMPI), publicó su por entonces último informe que tampoco recibió la atención de la prensa. Cinco años después sigue oculto tras un ominoso y pertinaz silencio.

Aquel informe mostraba que China ya duplicaba a los EEUU en producción tecnológica (solicitudes de patentes y registros de propiedad industrial) con un 40% de la actividad global. Japón, con un 10%, la mitad que Estados Unidos (19%), ocupaba el tercer lugar y Corea del Sur, con un 6.7%, el cuarto. La Unión Europea, que aún incluía al Reino Unido,  era la quinta “potencia” con un 5.6%. Lo realmente chocante era que la UE tenía y tiene diez veces la población de Corea.

En menos de treinta años Occidente había pasado, desde el liderazgo indiscutible, a la pérdida del mismo y a una situación europea tremenda por terminal.

No hace falta ser un genio para ver que el  bloque económico europeo, con los mayores costes fiscales del mundo, no puede subsistir sin un claro liderazgo tecnológico en nuestros productos que compense costes y precios estratosféricos. No solo no puede subsistir sino que deberíamos ser conscientes de que la actual situación es insostenible y condena al fracaso la principal función del estado: la creación de progreso.

La actual superioridad tecnológica china se ha logrado en los últimos cuarenta años durante los cuales  se alzó como la gran potencia fabril del globo. Algo  lógico porque la necesidad de encontrar soluciones científicas y técnicas ingeniosas no surge en el vacío y solo se produce gracias a las dificultades y desafíos propios de un entorno fabril que exige soluciones a cada instante. Esta realidad no ha pasado desapercibida para los gobiernos de los EEUU y tratan de remediarla del único modo posible: su reindustrialización a ultranza de tal modo que puedan recuperar  su hoy perdida primacía tecnológica. Una apuesta difícil e incierta en cualquier caso pero imperativa para los gobiernos de Washington. Lo cual les honra.

En este proceso la UE se halla en una pésima situación por las trampas en las que fuimos cayendo desde que Bush padre pronunció aquella fatídica frase “We prevailed”, que, traducido, quería decir: “hemos ganado, y Rusia va a tener que aguantar la ruptura de nuestra promesa de no extender la OTAN hacia el Este”.

Hoy, perdida la guerra de Ucrania por el bloque Occidental, estamos ante un escenario en el cual el “hegemon” anterior ya sabe que está en un mundo multipolar y se repliega para recuperar sus fortalezas. En ese justo instante los europeos nos encontramos, como reza el dicho popular, colgados de la brocha con una fiscalidad desaforada y unos costes de energía que nos imposibilitan ser competitivos.

Mientras tanto los EEUU ya se han lanzado a recuperar su antigua potencia industrial como base para alcanzar nuevamente la superioridad  tecnológica.

Para Europa la inacción no es una opción compatible con nuestra supervivencia. Sin embargo la realidad es que no vemos que nuestra cúpula actúe en el sentido que las circunstancias exigen.

¿Qué está haciendo Europa? ¿Qué estamos haciendo en España para recuperar y desarrollar su industria? ¿Seguiremos, en vano, esperando a que otros lo hagan por nosotros? ¿Seremos las viejas naciones capaces de tomar la iniciativa sin depender de una UE que es causa de la situación e incapaz de crear las condiciones de entorno que permitan la eclosión de los miles de millares de iniciativas necesarias para el progreso? La inacción no es una alternativa. Como tampoco lo es la pervivencia del modelo que nos ha traído a esta situación. Sobran regulación y control, falta libertad y cada vez es más evidente que ninguna de estas taras se resolverá desde Bruselas.