Editorial: «¿Tolerancia?»

La palabra “tolerancia” engalana lemas escolares, proclamas políticas, bellos discursos y buenos propósitos. Algunos la utilizan porque suena bien, parece buena y es políticamente correcto utilizarla. Sin embargo, los mismos utilizan “tolerancia cero” unos renglones más abajo: “somos un colegio que promueve la tolerancia entre nuestros alumnos,(…) existe en el colegio tolerancia cero ante actitudes racistas”.

La tolerancia mal entendida ha llevado a situaciones paradójicas y bajo su bandera se han cometido actos brutales. ¿Dónde situar la tolerancia? ¿Realmente es un principio sólido?

La Revolución Francesa alardeaba de tolerancia, y nos traía a la mente las ideas de libertad e igualdad. Sin embargo, la Revolución Francesa fue cruel e intolerante hasta el extremo: terror, ejecuciones sin juicio, guillotinas, represalias a los propios revolucionarios, imposición radical de las ideas, y regiones enteras devastadas, como la Vendée, simplemente por defender la fe católica. Aquello acabó con el Atila de Napoleón: arrasando Europa, saqueando y sembrando muerte y destrucción; que supuso en España un retroceso de varias décadas en el PIB.

El acceso al poder de Hitler mediante elecciones, el permitir que terroristas accedan a puestos de responsabilidad social o política, o la publicación de falsedades en el mundo digital; son otros ejemplos de resultados perniciosos de la tolerancia mal entendida. ¿Entonces hay que coartar la tolerancia y el derecho a opinar y hacer lo que se quiera? ¿Dónde está pues el error?

Existen quizá dos claves útiles para navegar por el difuso término de la tolerancia.

La primera es diferenciar claramente a las personas de las acciones que ellas realizan. No es lo mismo la persona que lo que ella hace, dice o piensa. Una misma persona puede llevar a cabo acciones de distinto signo; un ladrón puede cuidar a una madre. Esa separación nos permite ver a la persona de otra manera. Desde una perspectiva cristiana hay que amar al prójimo, a todos; desde una perspectiva de pensamiento, que bebe de la anterior, el humanismo cristiano nos subraya la dignidad absoluta de todas las personas, de cada una de ellas. Ello conlleva el respeto a cada una de las personas y a todas ellas. Un respeto innegociable. Respeto independiente de lo que diga u opine. Partiendo de lo anterior, se pisa un terreno más firme, sabiendo que cada persona independientemente de sus opiniones y de sus acciones tiene una dignidad en cuanto a tal, de la que ni ella misma puede desprenderse. Es algo muy superior a una mera tolerancia, es algo que nos reviste de dignidad ya de partida a todos por el mero hecho de ser personas.

Separamos la persona de sus acciones. Diferente es, por tanto, lo que cada uno de nosotros hace. Nuestras acciones y nuestras opiniones. Éstas no tienen ningún manto a priori de dignidad ni de bondad.

La segunda clave, se centra en lo que las personas hacemos o pensamos y pasa necesariamente por la verdad. Si nos aferramos al nihilismo, la verdad no existe; y si nos aferramos al relativismo, la verdad depende. La consecuencia es que cada uno defiende su verdad y partiendo de ella puede hacer lo que quiera. Tu puedes hacer lo que quieras y yo también. No existe ni el bien, ni lo bueno, ni lo bello, ni lo justo. ¿Dónde acabamos? En la ley del más fuerte, del menos escrupuloso, del menos tolerante. La tolerancia extrema acaba en la

intolerancia extrema y en la muerte del débil. Innumerables son los casos: se tolera al partido nazi y se acaba con los judíos; se tolera el comunismo y se acaba en los gulags.

La realidad es la que es: lo blanco es blanco y el asesinato está mal. Es decir la verdad existe y es la correspondencia de la idea con la realidad. Otra cosa es que en muchas ocasiones nos es difícil encontrarla porque se nos emborrona. Saber que existe la verdad, aunque nos cueste descubrirla, nos permite navegar por el ambiguo término de la tolerancia. Nos permite tener referencias a las que sujetarnos. Así, no es tolerable el dopaje deportivo porque convierte en mentira el resultado. Te respeto como persona, pero si quieres matar a mi hija la debo defender aun pegándote; respeto a la persona pero no respeto su acción. Por otra parte, una vez alineado con la verdad, el respeto al obrar ajeno debería ir en doble dirección convirtiéndose en respeto mutuo. Se convierte así en elemento constructivo de la sociedad.

Aplicado a las sociedades políticas, Francisco Suárez, de la Escuela de Salamanca, desarrolló la teoría de la guerra justa y la intolerancia frente a la agresión.

Es decir, partiendo de las dos claves anteriores, ante un indiscriminado “hay que tolerar a todos” mezclando a las personas con lo que ellas dicen, hacen o piensan; podemos proponer un “todos tienen una dignidad absoluta y son únicos y por ello han de ser profundamente respetados” y, además, “lo que cada persona, o conjunto de personas, hace, dice o piensa puede ser respetable, pero no necesariamente lo es”.