Iglesia y totalitarismo

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El blog de actualidad de la Escuela Internacional de Doctorado CEU

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Iglesia y totalitarismo

Observatorio Religión y Sociedad:
​​​Arranca en Montepríncipe el ciclo “Iglesia y totalitarismos” que propone a la comunidad universitaria informarse y reflexionar sobre situaciones actuales en las que la Iglesia católica está siendo  Iglesia católica está siendo agente de resistencia en las dictaduras contemporáneas.​
La primera actividad ha consistido en una mesa redonda sobre la situación en Nicaragua en la que participaron los periodistas Edgardo Pinell y Fernando de Haro junto con la especialista en Libertad religiosa, y profesora en la USP, Helena Sánchez.
El ciclo “Iglesia y totalitarismos” está organizado por el Observatorio CEU sobre Religión y Sociedad y el Aula Política de la Universidad. Esta primera mesa redonda se ha celebrado además en colaboración con Pastoral de Montepríncipe y el Instituto de Humanidades CEU Ángel Ayala.
La segunda actividad del ciclo está prevista para la próxima primavera en el campus de Moncloa, con una nueva mesa redonda sobre las aportaciones de la Iglesia católica en Cuba.​

Editorial: «Mentira, Relato, Ofensa y Fraude»

Marzo llama a su fin, y nos retrotrae a acontecimientos acaecidos en otros marzos que siguen en el recuerdo colectivo del pueblo español. Marzo de los años 2004 y 2020 son dos momentos en nuestra historia reciente que no se deben olvidar en nuestra “memoria democrática”.

En el año 2004 la falta de transparencia y las contradicciones, alimentó la desconfianza y la incertidumbre en la sociedad española, que fue aprovechada por el PSOE para utilizar los atentados del 11-M con fines políticos. El objetivo eran las elecciones generales del 14 de marzo, con discursos y acciones de sus líderes políticos, incluso en la jornada de reflexión, con manipulaciones y mentiras que marcaron aquellos días de crisis y que, supusieron un radical vuelco de la opinión pública, con el inesperado triunfo del PSOE en esas elecciones.

En el año 2020, las mentiras de Pedro Sánchez y su gobierno durante la pandemia no sólo pusieron en riesgo nuestra salud y la de nuestros seres queridos, sino que normalizó una anormalidad institucional detrás de un Estado de Alarma que se decretó el 14 de marzo para quince días, fue prorrogado en seis ocasiones para finalizar el 21 de junio de 2020. Una anormalidad institucional que finalmente fue declarada inconstitucional por el Tribunal Constitucional. Pese a ello, quien critica la acción del gobierno se le tacha de no democrático y reaccionario.

Como en su momento dijo Jean-François Revel “llegamos así a una curiosa situación-que vivimos todos los días-: situación en la que quienes quieren destruir la democracia parecen luchar por reivindicaciones legítimas, mientras que quienes quieren defenderla son presentados como artífices de una represión reaccionaria”. Esta situación que es la que vivimos en España hoy en día por el designio de un poder político – el gobierno que dice que se apoya en una mayoría social, que ni es mayoría ni social, sino rehén de grupos que sólo se guían por intereses propios de unos dirigentes bien de pasado terrorista, bien de pasado sedicioso-, ocupado en privar de consideración cualquier acción de quienes no quieren más que defender las instituciones del Estado. No podemos limitarnos a vivir indignados en la mentira.

Con Zapatero, y posteriormente con Sánchez, se busca un enfrentamiento entre los españoles que polariza a la sociedad, con mentiras y una historia manipulada. Un nuevo relato con el único objetivo de reescribir nuestra historia y sacar ventajas políticas. Omito en este momento las “otras ventajas” que fruto de la corrupción están saliendo a la luz como resultado de investigaciones judiciales. No podemos resignarnos ni acostumbrarnos a que nos mientan. Se trata de una mentira constante justificada por la falsedad y la manipulación y convertida en una máquina para la extinción de la democracia, mientras paga sus fracasos, sus insuficiencias y sus culpas a un precio infinito para el pueblo español.

Y menos aún si con la mentira y un relato se pretende normalizar una ofensa, primero con el discurso durante los gobiernos de Zapatero para justificar el proceso de negociación con ETA, con una deslegitimación de la democracia al aceptar como interlocutores a quienes practicaron y justificaron el terrorismo. Hoy son recibidos en la sede del gobierno de España, pese a que Pedro Sánchez había dicho que “con Bildu no vamos a pactar, si quiere se lo digo 5 veces o 20”. Tras la llegada de Pedro Sánchez no sólo se consolida el relato de Zapatero de legitimar a ETA, sino que se aprueban leyes con Bildu, socios imprescindibles para gobernar España y que a cambio consiguen excarcelaciones de terroristas.

Detrás de todo ello existe un gran fraude. Pedro Sánchez para conseguir su investidura pacto con todos aquellos que dijo que no iba a pactar y, cedió todo aquello que dijo que no iba a ceder. El más claro ejemplo es la ignominiosa ley de amnistía. La gobernabilidad de España está en manos de fuerzas nacionalistas cuyo único objetivo es acabar con la nación española. No existe posibilidad de gobernar con el apoyo de la oposición en asuntos de Estado, porque las mentiras, manipulaciones y el hostigamiento buscan su aplastamiento de esa oposición, utilizando todos los recursos públicos, incluso la fiscalía general del Estado.

La democracia está en riesgo por el empeño de Pedro Sánchez de continuar en la Moncloa. Y ya ni lo oculta, al decir abiertamente que hay que seguir «con determinación, con o sin apoyo de la oposición, con o sin concurso del poder Legislativo», quizás porque las derrotas parlamentarias le hablan de su debilidad y de su incapacidad, pero sobre todo de su derrota en las urnas. Es un gobierno ilegítimo por ilegal al incumplir los más elementales deberes constitucionales. Y de momento es más perseverante en ello de lo que la democracia lo es en defenderse. Ahí está su acción de «okupa» de las instituciones.

No podemos permanecer impasibles frente a un poder que se afana en destruir la democracia y menos aún permitir que el pueblo español pierda la confianza en sí mismo y dejar de creer en su capacidad para forjar con talento argumentos con los que combatir a quienes sólo están en la búsqueda activa de un poder sin control. Aún hay tiempo para poder conjurarlo.

Y en este empeño no podemos desconocer hechos de nuestra historia, aunque sea reciente, asumiendo si es necesario el coste personal y colectivo que implique tomar las medidas idóneas para dar réplica a este tiempo de desmemoria y mentira, de inanidad e inmoralidad, o el precio a pagar puede resultar abrumador. «Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla» podía leerse a la entrada de unos de los bloques del campo de concentración de Auschwitz.

Editorial: «VIENTOS DE CORRUPCIÓN»

La corrupción marcó el final de las presidencias de Felipe González y de Mariano Rajoy. En el primer caso fue un proceso largo y de desgaste, el segundo abrupto y rápido por medio del triunfo de una moción de censura.

El actual presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se encuentra asediado por un rosario de corrupciones y corruptelas que alcanzan a su propia familia y llegan hasta al colchón en el que duerme -ese que cita en su obra. Asuntos como: Koldo/ Abalos / compra de mascarillas en Canarias, Baleares…; tráfico de influencias de Begoña, su mujer, que sin estar graduada ocupa una cátedra UCM; un programa de software que costó un dineral para la citada cátedra y que no aparece; el hermano enchufado que no sabe ni dónde está su despacho; Aldama y su licencia de operador de hidrocarburos en solo dos meses; Aldama y sus gestiones en Hacienda; el dinero entregado en la sede del PSOE en la calle Ferraz, el regalo al PNV de un palacio en París, la compra de votos con un amnistía dudosamente constitucional… y, como no, las revelaciones del Fiscal General del Estado para perjudicar a una rival política del presidente, entre otras tramas que conozcamos. Todos estos asuntos aún no han sido contabilizados en el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) 2024 de Transparencia Internacional en donde España en un año ha bajado su puntuación de 60 a 56 puntos y descendido 10 puestos en el ranking. En la lista de los países de la Unión Europea, ya estamos en la parte baja (número 14 de los 27 países). Las razones son muchas, entre otras la no implementación de la Ley 2/23 de protección de las personas que informen sobre infracciones normativas y de lucha contra la corrupción -se sigue esperando a la prevista Autoridad Independiente-; el retraso en la transposición de 87 Directivas de la UE -de las que 30 están fuera de plazo. En general, pese a las campañas y manifestaciones de que todo marcha bien, todo marcha peor.

Por ello, lo lógico y normal es que, en el informe del próximo año España siga cayendo en dicho Índice, en el pozo de la corrupción. Es difícil determinar si la corrupción es el resultado del poder o, si la corrupción ha servido para llegar el poder. Es lo mismo.

Aferrarse al poder como sea, es la consigna de este gobierno. La acción política emplea normas “ómnibus” en donde se mezclan “churras con merinas”, algo que repugna a la racionalidad y la decencia política. Si hay que liberar a asesinos condenados por terrorismo, se hace de forma silente, hasta que reciben los recibimientos apologéticos de las huestes de ETA. Si se ceden competencias sobre las fronteras -algo muy exclusivo del Estado-, se hace. Si la mentira y la manipulación es signo distintivo de la acción política gubernamental, se sigue acusando a los otros de mentir -algo que recuerda lo de la viga en el propio ojo.

Una corrupción que no solo es económica, pues se cuela hasta el espíritu de los ciudadanos y de la nación. Si el egoísmo propio de la corrupción alcanza el espíritu del pueblo español, éste se fragmentará. Los vientos de la corrupción barrerán la concordia y el consenso de la Transición Política y traerán el sectarismo, el enfrentamiento permanente y la división propia de la II República. Un camino hacia el desastre.

Editorial: «Solidaridad»

Los acontecimientos trágicos vividos en las inundaciones que se produjeron el pasado mes de octubre en el este y sur de España, especialmente en Valencia, han revitalizado un término noble: la solidaridad.

Miles y miles de voluntarios se lanzaron en ayuda espontánea a los afectados, en una manifestación histórica, que se llamó de solidaridad. Pero ¿qué es la solidaridad?

El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua la define como la «adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros». La muerte de más de doscientas personas cercanas o lejanas no puede ser una causa ajena para nadie, por lo que esa acepción no nos ayuda mucho.

La esencia del término «solidaridad» se nos escapa, tal vez porque en otras ediciones anteriores del Diccionario la primera acepción que se recogía era la jurídica y civil de las obligaciones solidarias —«modo de derecho u obligación in sólidum»— que sí atañen y obligan, individualmente y en común, a todos y a cada uno de los deudores en ellas.

En la última edición de la Real Academia esa acepción se mantiene, pero ha sido relegada a un segundo término, con el resultado de que hoy el Diccionario no nos parece muy preciso, tras las inundaciones de la última riada que todo lo arrasó. Cuando una tragedia ha afectado a casi 800.000 compatriotas tampoco es ni puede ser «una causa o empresa de otros».

¿Qué hacer? Podríamos restaurar como preferente la antigua acepción jurídica o, mejor, buscar, desde la última tragedia que hemos sufrido, un sentido más exacto en la lengua española del término «solidaridad», en el que se exprese lo que ha significado

ser solidario para este difícil año dos mil veinticinco que ahora acaba de empezar.

El pasado discurso de Navidad de S.M. el Rey nos ofrece la solución al problema. La tradición de los mensajes de Navidad del Jefe del Estado supera lo que es el protocolo porque se dirige sin ningún intermediario en forma directa a todos los españoles en un momento familiar íntimo, previo a la cena de Nochebuena, lo que da un sentido profundo a sus mensajes.

Se producen todos los años y en eso se diferencian de los mensajes históricos que todos recordamos del Rey don Juan Carlos I y del propio Felipe VI, aunque los mensajes del Rey tienen siempre un mismo sentido. El artículo 56.1 de la Constitución define al Rey como símbolo de la continuidad y permanencia del Estado, lo que apela a su valor de integración y de resumen del Estado y de toda la sociedad y a una función indudable de guía de la comunidad nacional.

En el mensaje de Navidad de este año el Rey ha cambiado el marco habitual del Palacio de la Zarzuela y ha preferido acudir en forma solemne a la sede oficial de la Jefatura del Estado en el Palacio de Oriente. Allí, sus referencias a una dana especialmente trágica en los alrededores de Valencia han sido parte esencial del mensaje.

El Rey ha recordado su primera visita a la catástrofe y ha afirmado que en esa ocasión y en otras visitas posteriores había reconocido «en el trabajo ingente de voluntarios anónimos y de servidores públicos», la «solidaridad en su sentido más puro y más apegado a lo concreto» y también había «comprobado — y entendido — al mismo tiempo la frustración, el dolor, la impaciencia y las demandas de una coordinación mayor y más eficaz de las administraciones».

Sus palabras han sido certeras cuando afirmó que tanto la solidaridad como la frustración surgen de una exigencia ineludible del bien común.

«Todas esas emociones —las que conmueven y reconfortan y las que duelen y apenan— surgen de una misma raíz: la conciencia del bien común, la expresión del bien común, o la exigencia del bien común».

Y es que la solidaridad no es solo un sentimiento circunstancial loable que nos impulse a paliar de cerca o de lejos los males de otras personas. Ha de entenderse como la determinación firme de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos.

Las palabras del mensaje de Felipe VI han dado un sentido exacto al término «solidaridad» que nos ha vuelto a acercar a su acepción más jurídica, que se expresa en el artículo 2 de la propia Constitución y que la doctrina del Tribunal Constitucional identifica con la lealtad constitucional recíproca que obliga a los poderes territoriales del Estado.

«Nuestra gran referencia en España es la Constitución de 1978, su letra y su espíritu” —ha dicho el Rey—. “El acuerdo en lo esencial fue el principio fundamental que la inspiró. Trabajar por el bien común es preservar precisamente el gran pacto de convivencia donde se afirma nuestra democracia y se consagran nuestros derechos y libertades, pilares de nuestro Estado Social y Democrático de Derecho».

La dimensión básica del bien común como fundamento de la solidaridad es una enseñanza profunda y duradera del magnífico discurso de Navidad de 2024 del Rey don Felipe VI.

Editorial: Aborto y Objeción de Conciencia

En los últimos meses la señora Ministra de Sanidad Mónica García está insistiendo en el compromiso claro y nítido de su ministerio, es decir, del Estado, con el aborto. Su aspiración remota es blindarlo en la Constitución, la inmediata es restringir y controlar el derecho a la objeción de conciencia. Lo cual, por cierto, comparte el actual Tribunal Constitucional, que en una reciente sentencia (la 44/2023) ha dicho que la objeción de conciencia al aborto «debe interpretarse de una forma estricta». Pero resulta que hay realidades que no son por el Estado ni para el Estado, que quedan fuera del Estado, como son las verdades matemáticas, las de la física cuántica… y la propia conciencia. Sí, todos tenemos nuestra conciencia, que es nuestra, no del Estado, lo reconoce la Propia Constitución en sus artículos 20 y 30. Gracias a ella sabemos por nosotros mismos (no porque nos lo diga el Código Penal) que matar a un ser humano es malo, no bueno; y quienes conocemos qué es realmente el cigoto y el embrión (biológicamente, no según los criterios del Poder), sabemos también que es malo tanto si ya ha nacido como si está por nacer. Resulta, además, que esa conciencia ¡es libre! Lo proclama la Constitución en sus artículos 15 y 16 al consagrar los derechos fundamentales (auténticos, no ficticios) a la integridad moral y a la libertad ideológica de todos y cada uno de nosotros. Esa es la razón por la que el Poder debe respetar la conciencia de todos, y podemos objetar ante leyes que nos obligan a actuar contra la propia conciencia.

Frente a ello, las recientes leyes sobre el aborto y la eutanasia ya maltratan la objeción de conciencia: la conceden sólo a los sanitarios «directamente implicados», cuando hay muchos otros (por ejemplo, en Indiana se concede a quienes preparan el instrumental); debe manifestarse «individualmente», lo cual impide a una institución defender la vida y se opone a la Resolución del Consejo de Europa de 7 de octubre de 2010; y, como colofón, la objeción «debe manifestarse anticipadamente y por escrito», que se inscribirá en un «registro de personas objetoras de conciencia» (así le llaman), señalando así como si fueran delincuentes fiscales a quienes en conciencia no quieren participar, cuando lo lógico sería que se registrasen quienes estén dispuestos a matar al feto o al paciente adulto.

Señora Ministra, ilustres Magistrados Constitucionales: no es misión del Estado imponer un sistema matemático o combatir la física cuántica, y tampoco lo es ahogar las conciencias de quienes han hecho el juramento del primer médico científico, que fue Hipócrates (no mataré a nadie aunque me lo pida, dice). No restrinjan ni controlen la objeción, al contrario, apuesten por la libertad. ¿No hay un ministerio de igualdad?, ¿por qué no otro de libertad, que es el primer valor superior que propugna nuestra Constitución en su artículo uno? Los sanitarios, todos, tienen un ámbito íntimo de libertad de conciencia, un reducto que es suyo. ¿No ven que sus derechos fundamentales a la integridad moral y a la libertad ideológica sólo están limitados por el orden público protegido por la ley?, lo dice artículo 16 de la Constitución. No hay otro límite. Un artificial derecho a abortar no contenido en la Constitución (al contrario, consagra el derecho a la vida en su artículo 15), no puede hacer que una parte significativa de ciudadanos sea obligada a obrar contra sus más íntimas convicciones. ¿No ven que eso convierte al Estado en un Estado Paternalista que nos trata como niños menores de edad? Frente a la coacción libertad, defendamos la libertad de conciencia como hizo Tomás Moro.

Visita a Bruselas. Aula Política Joven

Durante los días 4 y 5 de diciembre, 20 miembros de nuestra Aula Política Joven estuvieron desarrollando diversas actividades en Bruselas.

Iniciaron el recorrido con la visita al Museo de la Historia Europea donde estuvieron recorriendo las diferentes salas de exposiciones e intercambiando opiniones. Posteriormente, asistieron a la visita guiada al Parlamento Europeo. Allí pudieron conocer detalles de esta Cámara que integra a legisladores de los 27 países de la Unión. Profundizaron especialmente en la nueva composición política, sus particularidades legislativas, entre otros temas, recorriendo además el hemiciclo de sesiones. Después sostuvieron un encuentro con los eurodiputados del EPP, Adrián Vázquez y Borja Giménez

Una vez concluido este primer intercambio, participaron en el debate “46 años de Democracia: Una mirada a la Constitución Española desde Europa” con la profesora Teresa Freixes, jurista especialista en Derecho Constitucional español y europeo. Después de esta actividad tuvieron un intercambio con varios eurodiputados.

El día 5 de diciembre fueron recibidos por el embajador del Reino de España ante el Reino de Bélgica, D. Alberto Antón Cortés, en la sede diplomática ubicada en Bruselas. Durante cerca de 2 horas los estudiantes estuvieron intercambiando, además del Embajador, con 4 consejeros de la embajada, analizando las principales funciones que realizan allí y sosteniendo un ameno debate de opiniones sobre el servicio exterior español, y el papel de España en las instituciones europeas.

Finalizada esta actividad se organizó un encuentro con Dña. Patricia Santos, directora de la Oficina del CEU en Bruselas, en donde se habló de las principales actividades que allí desarrolla nuestra Universidad, así como los servicios que presta la oficina del CEU en Bélgica.

Con este viaje, los estudiantes pudieron conocer de primera mano, las particularidades del funcionamiento de las instituciones europeas de cara a la nueva legislatura, sus principales desafíos dentro y fuera de Europa, lo que contribuyó aumentar su formación y visualizar en la práctica, alguno de los debates sostenidos en el Aula Política.

Editorial: Superar nuestros instintos gregarios.

El objeto de estas líneas es recordar algunos rasgos de la psicología humana que, lejos de ayudarnos a discernir, facilitan el trabajo de quienes tratan de fijar en nuestra mente su relato fraudulento.

Nos realizamos humanamente por la capacidad de discernimiento. Por el duro trabajo de acercarnos a la verdad tratando de distinguir lo verdadero de lo falso; muy especialmente cuando, pongamos por caso, los gobiernos distorsionan u ocultan los hechos reales y sus causas. El discernimiento es un hábito en el que cooperan voluntad, memoria y razón. Estas tres “potencias del alma” sufren menoscabo cuando, desde posiciones de poder, se intenta degradar nuestra percepción de la realidad. Algo que sufrimos a diario y que es la antítesis de la democracia.

Los “gestores de la opinión pública” existen en todos los regímenes y, lamentablemente, no debe sorprendernos verlos en sistemas políticos que se pretenden defensores de las libertades de expresión e información de sus ciudadanos. Bien sabemos que no son pocas las cuestiones importantes que están ausentes de gran parte de los medios de información o que son sustituidas por auténticas patrañas al servicio de los centros de poder. Si pasamos por alto estas injerencias en nuestras vidas aceptamos estar sometidos a nuevas formas de despotismo.

Por ello es oportuno recordar dos experimentos que nos muestran la fragilidad de nuestras convicciones y lo manipulable que es nuestro comportamiento. El primer experimento, de Milgram, confirma nuestra predisposición instintiva a la obediencia que nos lleva a despreciar derechos intrínsecos a otros seres humanos cuando actuamos bajo órdenes o sugerencias inmorales de una autoridad. Su famoso experimento en Yale, iniciado en 1961 y publicado en 1973, muestra la facilidad con la que suministramos descargas eléctricas crecientes a un “paciente” siguiendo las indicaciones del “director del experimento” llegando a causar gritos de dolor a la víctima. La obediencia a la autoridad bloquea nuestros criterios de bien y mal siendo asombrosamente escaso el número de personas que tienen el valor de dejar de hacer lo ordenado.

El segundo experimento, el de Asch en los años 50 del pasado siglo, demuestra la facilidad con la que manifestamos nuestro acuerdo con la opinión del grupo sabiendo que es errónea. El 37% de las personas lo hacen espontáneamente sin presión ni incentivo alguno. Simplemente “por no discrepar”. No hace falta esforzarnos en imaginar qué sucedería si esta presión grupal tácita fuese coactiva como ya está sucediendo en muchos países occidentales donde, por ejemplo, existen sanciones legales por no usar los famosos “neo-pronombres” de género. Es fácil ver que, por coacción o por recompensa, la práctica totalidad de la población opta por el silencio temeroso reproduciendo toda la pureza ancestral del instinto de las manadas. Rebaños que rechazan violentamente al discrepante como, en 1916, nos hizo ver el neurólogo inglés Wilfred Trotter en su célebre obra “Instincts of the Herd in Peace and in War”. Ambos comportamientos instintivos, -seguidismo obediente y conformidad grupal-, son recurso frecuente para quienes se dedican a “construir la opinión”, quizás ignorantes del daño que nos causan cuando difunden lo falso y distorsionan y ocultan lo verdadero.

No necesitamos ir muy lejos para ver ejemplos cercanos de este grave problema. Entre los muchos disponibles podríamos destacar por su actualidad el desastre provocado por la última “gota fría” en una parte de la provincia de Valencia y causante de más de doscientos muertos y daños materiales que llevará muchos años remediar.

Salvo escasas y muy honrosas excepciones los medios de comunicación se han centrado en las responsabilidades de las autoridades regionales. Estas, en este caso, son las menos relevantes para evitar, prevenir y remediar unas inundaciones catastróficas que han provocado la alarma en muchos países de Europa sin que el gobierno de España viese necesario asumir desde su inicio la gestión de esta trágica crisis. La mayor de los últimos setenta y cinco años. En vez de afrontar responsabilidades con rapidez y generosidad vimos todo lo contrario: un calculado “que lo pidan” que nos vuelve a recordar que el verdadero liderazgo es, fundamentalmente, una virtud moral.

De este modo parece olvidado el Plan Hidrológico Nacional del año 2001 que prestaba atención especial a esta zona y que fue anulado por el presidente Rodríguez Zapatero en 2004 para satisfacer, a un coste astronómico, la mísera insolidaridad de algunos de sus apoyos políticos. Como también se ha olvidado –con poquísimas excepciones– la grave responsabilidad de normas europeas vetando el desbroce, dragado y limpieza de cauces así como dificultando, cuando no prohibiendo, la construcción de embalses que habrían evitado lo peor de este monumental desastre.

Por ello también es menester hablar de la insuficiente relevancia mediática que ha recibido la ministra Ribera responsable directa tanto de la gestión de la cuenca hidrográfica como de la construcción de un embalse imprescindible y planeado desde hace años pero eliminado de las ejecuciones presupuestarias sin olvidar las limpiezas y desbroces de torrenteras y cauces no realizadas a lo largo de nada menos que mil kilómetros de “rieras” levantinas consideradas de riesgo. Y qué decir de la demagógica y falsa retórica “climática” incluyendo la sustitución de “gota fría” por las iniciales de “depresión aislada en niveles altos” -la causa antediluviana de las “gotas frías”- recientemente instaurada para que, “lo de siempre”, parezca “cosa nueva”.

En esta cuestión de la libertad de información, su veracidad y el libre acceso a la misma estamos muy lastrados por los comportamientos de profesionales y medios que, siendo responsables de analizar e informar con seriedad, veracidad y sin ocultación, parecen reflejar fielmente los comportamientos que fueron expuestos por los experimentos de Milgram y de Asch. La Obediencia indebida y la Corrección política nos muestran que seguimos siendo cautivos de los poderosos instintos gregarios que conservamos.

Por ello es especialmente grande el mérito de quienes los superan y el agradecimiento que les debemos.

Gracián

Editorial: El pasado fue borrado y la verdad secuestrada

El funcionario dijo al Ministro: “No se preocupe, aquello que dijo el Presidente del Gobierno ya no figura en ningún sitio. La versión que ofrecemos es la única accesible. Se acusará de desinformador a quién sostenga lo contrario“. ¿Se imaginan que está situación se pudiera dar? Tanto en España, como en otras partes del mundo, se observa un movimiento de revisionismo histórico. Un revisionismo que no solo pretende reescribir la Historia, también dar legitimidad a aquellos gobiernos y estados que lo hagan. El revisionismo como herramienta ideológica supone manipulación que, por definición, atenta contra la verdad. El legitimar a gobiernos y estados para que lo lleven a cabo es peligroso y atenta contra la libertad.

Se van dando pasos favoreciendo el revisionismo en España, al menos desde el Presidente Rodríguez Zapatero con su Ley de Memoria Histórica (Ley 52/2007, de 26 de diciembre), pasando por la Ley de Memoria Democrática (Ley 20/2022, de 19 de octubre) y siguiendo por innumerables desarrollos normativos, iniciativas, planes, o “Comisiones de la Verdad”. En paralelo aparecen otras medidas -como el Plan de Regeneración Democrática del último septiembre- sobre la regulación de la desinformación y la transparencia en los medios de comunicación. Medidas que tienen el objetivo oficial de combatir la desinformación, los bulos, y establecer un mayor control sobre la transparencia de los medios. Revisionismo y control son las dos caras de reescribir, por un lado, y subyugar la posible oposición, por el otro. Una vez la sociedad da por bueno que el Estado puede reescribir la Historia, aunque el fruto sea la confrontación observable, el paso siguiente es evitar que existan voces que se levanten en contra. Las fuentes de información, de estudio, de análisis, de opinión, tienen que ser al final del camino escrutadas, controladas y atemorizadas. Que no se salgan del guion de lo que políticamente se quiere. Un día será la República, otro Hernán Cortés y otro la Reconquista, sin freno.

Podemos –y debemos- preguntarnos cuál es el último motivo por el que los Estados buscan adueñarse de la Historia en determinados momentos. El tener o no contestación a esa pregunta, no nos impide ver que los pasos que dan van en la dirección del revisionismo y el control.
Es algo que va más allá de la ruidosa batalla política diaria y que no nos debe confundir. Es una marea fuerte que, no solo en España, empuja de forma completa a la sociedad imbuyéndola en sentir que el Estado debe ser partícipe de todo en la vida, tanto individual como colectiva. En este caso, fijando una parte sustancial de una sociedad como es su Historia. Es, aquí, llamativo que los “expertos” de la ONU apoyen una “Comisión de la Verdad” del Gobierno (2018), cuando por definición la Verdad no puede ser determinada y menos impuesta por un Estado.

Cuando el Estado empieza a ser juez de lo que es Memoria de una sociedad, está haciendo algo que no le corresponde y que le convierte en peligroso. La Memoria de una sociedad es algo complejo y forma el sustrato profundo de los pueblos y personas, como tal hay que tratarla con cuidado. Que un Estado pueda instrumentalizar ideológicamente la Historia y decidir qué Memoria o qué Historia es la correcta, puede ser el germen de cualquier disparate, como poco.

El asumir que el Estado puede decidir qué es o no Historia correcta es dejar que traspase una línea roja que no se debe aceptar. Está fuera de las competencias de cualquier Estado salvo del totalitario. El Estado no debe suplantar a la sociedad ni arrogarse competencias que no le corresponden.
A muchas personas les vendrá a la cabeza el orwelliano “El pasado fue borrado, el borrado fue olvidado, la mentira se convirtió en verdad.» Y otros dirán que ¡vaya exageración! Muchos avatares históricos se convirtieron en realidad, porque al principio se pensaba que los primeros pasos no podrían llevar a consecuencias peores, por lo que no hacía falta poner toda la carne en el asador para oponerse. Luego ya fue demasiado tarde. Seguro que, en otras ocasiones, el esfuerzo de personas íntegras y abnegadas logró evitar, a tiempo, desgracias que hoy no podemos imaginar. Hoy, aquí y ahora, nos corresponde que nadie borre el pasado y lo sustituya con una mentira. La Historia debe ser una labor del tiempo; del cuidado y estudio de unos; de la transmisión y el recuerdo de otros; del análisis y reflexión de muchos; y de enseñanzas y orgullos de quienes lo sientan. Pero, formados y en libertad. Sin imposición. Sin Estado democrático con facetas totalitarias.

Chesterton apuntaba en “Ortodoxia” la importancia de tener presente a las generaciones que nos precedieron (“la democracia extendida en el tiempo”). También ellas contribuyeron a formar los valores y estructuras que nos han llevado al presente. Sus esfuerzos y vidas deben ser tenidos en cuenta por la sociedad; toda la riqueza de sus ideas y sabiduría. ¿Hasta qué punto somos quién para borrar la Historia o la vida de quienes nos precedieron? Pues, si como sociedad nos lo debemos cuestionar, mucho más el Estado como mero gestor de la misma. Falta el último y crucial paso para resaltar con trazo grueso la línea roja de la intromisión estatal en la Memoria. Ese paso es resaltar el ansia por adueñarse del relato correcto. Si se acepta que el Estado puede determinar qué Memoria es la correcta (y cuál debe ser eliminada), aceptamos que el Estado tiene razón tanto en el hecho de decidir sobre un tema de Memoria histórica, como determinar el contenido de la misma. Aceptar lo anterior traspasa la línea roja por dos motivos: el primero porque determinar el contenido entra dentro del campo de la manipulación; y, el segundo motivo, porque permitir que lo haga, entra dentro del ámbito de la libertad de la sociedad para conocer y aprender de su Historia, con las mil facetas que ésta nos ofrece. Sin la injerencia estatal, la sociedad y cada persona pueden sentirse más o menos cómodas con la Historia, más o menos identificadas, y más o menos orgullosas de ella o de periodos de la misma. Pero en libertad. Si el Estado traspasa esta línea roja, ¿dónde estarán sus límites respecto a la libertad de la persona y de la sociedad? Solo el Estado totalitario traspasa esos límites porque ocupa la totalidad del espacio social y personal.

El político socialista Rubalcaba, en 2004, dijo aquello de que “Los españoles se merecen un Gobierno que no les mienta”. Seguro que hoy, muchos lectores vuelven a pensar lo mismo. Si la podredumbre de la mentira en el espacio político y social es mala, la mentira en el espacio del recuerdo de lo que personas fueron, pensaron e hicieron es aún peor. Es la pérdida de poder pensar en libertad, que es consustancial a cada uno de nosotros en cuanto personas. Ningún Estado tiene autoridad para reescribir la Historia de una sociedad y menos para secuestrarla.

Conversatorio con Samuel Vázquez

Este miércoles 22 de octubre, se realizó un nuevo Conversatorio del Aula Joven. Esta vez con Samuel Vázquez, presidente de Una Policía para el Siglo XXI. Con el ponente estuvimos debatiendo sobre el crimen y la inseguridad en Europa, analizando las principales políticas comunitarias sobre el tema y cual es la situación de España a partir de los datos y las tendencias en materia de inseguridad en los últimos años. También hubo un distendido debate sobre las relaciones del crimen con el narcotráfico, la inmigración, el terrorismo, la falta de material policial, donde participaron nuestros miembros del Aula Joven de la Universidad CEU San Pablo y de otras universidades de Madrid.